FÁBULA V
El Filósofo y el Rústico
la hora en que un
Filósofo salía
A meditar al campo
solitario,
en lo hermoso y lo
vario,
que a la luz de la aurora nos enseña
Naturaleza,
entonces más risueña.
Distraído sin senda
caminaba,
cuando llegó a un
cortijo, donde estaba
con un martillo el
Rústico en la mano,
en la otra un
milano,
y sobre una
portátil escalera.
«¿Qué haces de esa
manera?»,
El Filósofo dijo.
«Castigar a un
ladrón de mi cortijo,
que en mi corral ha
hecho más destrozos
Le clavo en la
pared… ya estoy contento…
sirve a toda tu
raza de escarmiento.»
«El matador es
digno de la muerte,
el Sabio dijo, más
si de esa suerte
el milano merece
ser tratado,
¿De qué modo será
bien castigado
el hombre
sanguinario, cuyos dientes
devoran a infinitos
inocentes,
y cuenta como
mísera su vida,
si no hace de
cadáveres comida?
Y aun tú, que así
castigas los delitos,
cenarías anoche tus
pollitos.»
«Al mundo le
encontramos de este modo,
dijo airado el
patán. Y sobre todo,
si lo mismo son
hombres que milanos.
Guárdese no le
pille entre mis manos.»
El Sabio se dejó de
reflexiones.
Al tirano le ofenden
las razones
que demuestran su
orgullo y tiranía;
mientras por su
sentencia cada día
muere, viviendo él
mismo impunemente,
por menores delitos
otra gente.
Félix
María Samaniego
Fábulas
EN
VERSO CASTELLANO
para
el uso del Real Seminario Vascongado