El silencio y la fatiga se unieron para vencer a D’Artagnan, el cual cerró por fin los ojos, quedándose dormido a los pocos momentos. No acostumbraba D’Artagnan dormir mucho; apenas entraron en su cuarto los primeros rayos del alba, echóse fuera de la cama y abrió las ventanas.
Miró por una celosía y le pareció ver un bulto que rondaba por el patio haciendo el menor ruido posible. Fiel a su sistema de no dejar pasar la menor circunstancia sin cerciorarse de lo que era, D’Artagnan observó con atención y reconoció la casaca color de granate y los cabellos castaños de Raúl.
El joven (pues era él) abrió la puerta de la caballeriza, sacó el caballo bayo en que había montado el día anterior; lo ensilló con la destreza de un picador consumado. Después condujo al animal por el lado derecho de la huerta, abrió una portezuela lateral que daba a un estrecho sendero, hizo salir al caballo, cerró la puerta, y entonces D’Artagnan viole, más allá de la pared, pasar como una flecha, encorvándose bajo las pendientes ramas de los sauces y de las acacias.
El mosquetero había observado el día anterior que aquel sendero debía conducir a Blois.
—¡Pardiez! —dijo el gascón—. ¡Pronto empieza a hacer de las suyas! ¡Apuesto a que no tiene la aversión que Athos al bello sexo! De seguro no va a cazar, puesto que no lleva ni armas ni perros; tampoco irá a cumplir ningún encargo cuando se oculta. ¿De quién? ¿De mí o de su padre?… Porque está claro que Athos es su padre… ¡Pardiez! Esto lo sabré hoy mismo; hablaré a Athos del asunto sin morderme la lengua.
Iba amaneciendo el día; todos los ruidos que por la noche oyó D’Artagnan se renovaban uno tras otro; el pájaro en las ramas; el perro en el establo; los carneros en la pradera, hasta las barcas del Loira parecían animarse alejándose de la orilla y abandonándose a la corriente. D’Artagnan estuvo algún tiempo en la ventana por no despertar a nadie; mas cuando oyó abrir las puertas y las maderas de los balcones, se hizo por última vez el rizo de sus cabellos, dio la última mano a su bigote, limpió maquinalmente las alas de su sombrero con la manga del jubón y bajó. Al pisar el último escalón, vio a Athos encorvado y en la actitud de quien busca una moneda entre la arena.
—Buenos días, querido patrón —dijo D’Artagnan.
—Felices, amigo. ¿Qué tal ha sido la noche?
—Excelente, Athos; como la cama, como la cena, que debía naturalmente infundirme sueño; como la acogida que me hicisteis ayer. Mas, ¿qué estabais mirando con tanta atención? ¿Habéis cobrado afición a las flores?
—Aunque así fuera, nada tendría de extraño. En el campo cambia uno mucho y llega a amar, sin echarlo de ver siquiera, todas estas bellas producciones que Dios hace brotar del seno de la tierra y que tan despreciadas son en las ciudades. Estaba viendo unos lirios que había puesto junto a esta arca de agua, los cuales hallo marchitos esta mañana. Esos jardineros son la gente más torpe del mundo. Al traer el caballo de la noria le habrán dejado que los pise.
Alexandre Dumas
Veinte años después
Las novelas de D’Artagnan-2
Veinte años después continúa con las aventuras del grupo de amigos que conocimos en Los tres mosqueteros. El tiempo ha transcurrido y las cosas han cambiado mucho, la situación del país es distinta, hay un nuevo rey-niño y un nuevo ministro que vive bajo la sombra que ha dejado Richelieu. La situación política que nos encontramos ha cambiado mucho, los enemigos que habíamos conocido en el primer libro han cambiado y los personajes han seguido distintos caminos durante esos años. En la novela veremos el reencuentro del grupo y cómo vuelven a estar en medio de las intrigas políticas, tanto de Francia como de Inglaterra.
Miró por una celosía y le pareció ver un bulto que rondaba por el patio haciendo el menor ruido posible. Fiel a su sistema de no dejar pasar la menor circunstancia sin cerciorarse de lo que era, D’Artagnan observó con atención y reconoció la casaca color de granate y los cabellos castaños de Raúl.
El joven (pues era él) abrió la puerta de la caballeriza, sacó el caballo bayo en que había montado el día anterior; lo ensilló con la destreza de un picador consumado. Después condujo al animal por el lado derecho de la huerta, abrió una portezuela lateral que daba a un estrecho sendero, hizo salir al caballo, cerró la puerta, y entonces D’Artagnan viole, más allá de la pared, pasar como una flecha, encorvándose bajo las pendientes ramas de los sauces y de las acacias.
El mosquetero había observado el día anterior que aquel sendero debía conducir a Blois.
—¡Pardiez! —dijo el gascón—. ¡Pronto empieza a hacer de las suyas! ¡Apuesto a que no tiene la aversión que Athos al bello sexo! De seguro no va a cazar, puesto que no lleva ni armas ni perros; tampoco irá a cumplir ningún encargo cuando se oculta. ¿De quién? ¿De mí o de su padre?… Porque está claro que Athos es su padre… ¡Pardiez! Esto lo sabré hoy mismo; hablaré a Athos del asunto sin morderme la lengua.
Iba amaneciendo el día; todos los ruidos que por la noche oyó D’Artagnan se renovaban uno tras otro; el pájaro en las ramas; el perro en el establo; los carneros en la pradera, hasta las barcas del Loira parecían animarse alejándose de la orilla y abandonándose a la corriente. D’Artagnan estuvo algún tiempo en la ventana por no despertar a nadie; mas cuando oyó abrir las puertas y las maderas de los balcones, se hizo por última vez el rizo de sus cabellos, dio la última mano a su bigote, limpió maquinalmente las alas de su sombrero con la manga del jubón y bajó. Al pisar el último escalón, vio a Athos encorvado y en la actitud de quien busca una moneda entre la arena.
—Buenos días, querido patrón —dijo D’Artagnan.
—Felices, amigo. ¿Qué tal ha sido la noche?
—Excelente, Athos; como la cama, como la cena, que debía naturalmente infundirme sueño; como la acogida que me hicisteis ayer. Mas, ¿qué estabais mirando con tanta atención? ¿Habéis cobrado afición a las flores?
—Aunque así fuera, nada tendría de extraño. En el campo cambia uno mucho y llega a amar, sin echarlo de ver siquiera, todas estas bellas producciones que Dios hace brotar del seno de la tierra y que tan despreciadas son en las ciudades. Estaba viendo unos lirios que había puesto junto a esta arca de agua, los cuales hallo marchitos esta mañana. Esos jardineros son la gente más torpe del mundo. Al traer el caballo de la noria le habrán dejado que los pise.
Alexandre Dumas
Veinte años después
Las novelas de D’Artagnan-2
Veinte años después continúa con las aventuras del grupo de amigos que conocimos en Los tres mosqueteros. El tiempo ha transcurrido y las cosas han cambiado mucho, la situación del país es distinta, hay un nuevo rey-niño y un nuevo ministro que vive bajo la sombra que ha dejado Richelieu. La situación política que nos encontramos ha cambiado mucho, los enemigos que habíamos conocido en el primer libro han cambiado y los personajes han seguido distintos caminos durante esos años. En la novela veremos el reencuentro del grupo y cómo vuelven a estar en medio de las intrigas políticas, tanto de Francia como de Inglaterra.