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lunes, 16 de abril de 2018

una prostituta pobre que se encariñó con sus poemas

El aire de la noche era sereno y suave en la orilla del Bund. A sus espaldas, en la calle Zhongshan, estaba el Hotel de la Paz con su tejado rojinegro en punta. Alguna vez había fantaseado con la idea de pasar una noche en el jazz bar en compañía de Wang, con músicos que tocaran a la perfección el piano, la trompeta y la batería. Los camareros, con una servilleta almidonada en el brazo, servirían bloody manes, manhattans y vodka con kahlua… Ahora nunca tendrían esa oportunidad. Por algún motivo, no estaba demasiado preocupado por ella. Wang era atractiva, joven e inteligente, y tenía sus propios contactos. Con el tiempo, conseguiría obtener el pasaporte y el visado, y se marcharía en un avión japonés. Quizá su decisión de partir era la correcta, porque no había manera de saber qué futuro esperaba a China. En Tokio, vestida con un ancho kimono de seda, arrodillada sobre una estera y calentando una copa de sake para su marido, sería una mujer maravillosa, y como fondo cerezos en flor y el monte Fuji cubierto de nieve. Durante la noche, cuando una sirena calmase el vacío del insomnio, ¿pensaría todavía en él, allende los mares y al otro lado de las montañas? Recordó varios versos de Liu Yong, escritos durante la dinastía Song:
«¿Dónde me encontraré esta noche
despertando de la resaca…?
La orilla del río flanqueada por sauces llorones,
la luna cayendo, el alba asomando en una brisa
año tras año. Estaré lejos,
lejos de ti.
Todos los bellos paisajes se nos muestran,
pero de nada sirve.
¡Oh!, ¿a quién podré hablar
de este paisaje para siempre hermoso?»
Se habían invertido los papeles. En el poema, Liu era quien dejaba su amor atrás, pero en su caso, era Wang quien lo dejaba a él. Como poeta, el nombre de Liu era respetado en la literatura clásica china. Había vivido sin blanca, bebiendo, soñando y desperdiciando sus mejores años en los burdeles, hasta se decía que sus poemas románticos habían sido su perdición. Era un hombre despreciado por sus coetáneos, que no dudaron en denunciarlo con toda la indignación nacida del orgullo confuciano. Murió sumido en la pobreza, atendido por una prostituta pobre que se encariñó con sus poemas, aunque quizá esa compañera de sus últimas horas no fuera más que una invención, una gota de consuelo en una taza de amargura.

Qiu Xiaolong
Muerte de una heroína roja
Inspector Chen Cao

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