El puerto de Zanzíbar está situado en la orilla occidental de la isla, o sea, la que está más cerca del continente. Por lo tanto, para alcanzar tierra firme, lo lógico era dirigirnos hacia el oeste, y en el caso de querer llegar a Dar es Salam, al sudoeste. Pero de momento no queríamos más que una cosa: alejarnos del puerto lo más posible. Marc puso el motor a toda potencia y la lancha, temblando ligeramente, surcó veloz la lisa y apacible superficie del agua. La oscuridad seguía reinando y desde el lado de la isla no se oía ningún disparo. La huida había sido un éxito; estábamos fuera de peligro. El sabernos seguros nos sacó de nuestro marasmo y los ánimos mejoraron. Sumidos en ese estado beatífico, llevábamos navegando más de una hora cuando de pronto las cosas empezaron a cambiar. La hasta entonces lisa superficie del agua se movió inquieta y violentamente. Se levantaron olas que se estrellaban contra la borda con una violencia inaudita. Daba la impresión que un potentísimo puño golpease la lancha. Había en su actuación una gran determinación, una furia indomable y una rabia ciega, y, al mismo tiempo, una frialdad metódica y calculada. Al instante se levantó un vendaval y empezó a llover de la manera como sólo llueve en el trópico: era una lluvia-catarata, una pared de agua. Como todo seguía sumido en la oscuridad, perdimos la orientación por completo: no sabíamos dónde estábamos ni adónde nos dirigíamos. Pero incluso esto pronto dejó de tener importancia, porque a la lancha la embestían unas olas tan grandes y fuertes, tan enfurecidas y terribles, que no sabíamos lo que nos iba a pasar de un momento a otro. Primero la lancha se levantaba con estrépito hacia arriba, quedando inmóvil por unos instantes en la invisible cresta de la ola, y luego caía violentamente por un precipicio, en un abismo lleno de estruendo, en unas rugientes tinieblas.
Anegado, en un momento dado se paró el motor. Empezó el infierno. La embarcación salía despedida hacia todos los lados, inerte e indefensa giraba sobre su eje, y nosotros, aterrorizados, sólo esperábamos cuándo la volcaría la ola de turno. Todos nos aferrábamos a la borda. Alguien lanzó un grito histérico, otro clamó a Dios en su ayuda, un tercero, tumbado en la cubierta, gemía y vomitaba bilis. Las ráfagas de agua nos bañaron varias veces, repetidos ataques de mareos ya nos habían sacado las entrañas y si algo vivo aún permanecía dentro de nosotros, ese algo era un miedo atroz, animal. No teníamos ninguna clase de salvavidas; cada una de las olas que se acercaban podía ser portadora de muerte.
El motor, muerto, no quería arrancar. De pronto, Peter gritó a través del vendaval: «¡El aceite!» Recordó que esta clase de motor no necesita sólo de gasolina sino también de aceite, para hacer la mezcla. Él y Marc se pusieron a rebuscar en una caja. Encontraron una lata y añadieron aceite al tanque. Marc tiró del cable varias veces y el motor arrancó. Todos gritamos de alegría, aunque la tormenta seguía campando por sus respetos. Pero por lo menos había saltado una chispa de esperanza.
Al principio, el alba, con nubarrones bajos, ofrecía un aspecto lúgubre, pero la lluvia amainaba y por fin se hizo de día. Empezamos a mirar a todos lados: ¿dónde estábamos? A nuestro alrededor no había más que agua, inmensa, oscura y aún agitada. Y a lo lejos, un horizonte que subía y bajaba, que ondeaba a un ritmo regular, cósmico. Más tarde, cuando el sol estaba ya muy alto, divisamos en aquel horizonte una línea oscura. ¡Tierra! Nos dirigimos hacia allá. Delante de nosotros aparecieron una orilla llana, palmeras, un grupo de gente y al fondo, unas casuchas. Resultó que volvíamos a encontrarnos en Zanzíbar, sólo que mucho más arriba de la ciudad. Al no conocer el mar, no sabíamos que nos había secuestrado el monzón que soplaba en aquella estación del año y que, por suerte, nos devolvió aquí, pues habría podido lanzarnos al Golfo Pérsico, a Pakistán o a la India. Pero a un viaje así no habría sobrevivido nadie: nos habríamos muerto de sed o el hambre habría hecho que nos comiésemos los unos a los otros.
Todos salimos de la lancha y, medio muertos, nos tumbamos en la arena. Yo no conseguía tranquilizarme y empecé a preguntar a las personas que se habían congregado allí cómo llegar hasta la ciudad. Un hombre tenía una moto y se avino a llevarme. Nos lanzamos en una carrera por túneles verdes y aromáticos, entre plátanos, mangos y claveros. La corriente del aire caliente me secaba la camisa y los pantalones, que estaban blancos y salados a causa del agua del mar. Al cabo de una hora habíamos alcanzado el aeropuerto, donde yo esperaba encontrar a Karume y que él me ayudase a llegar a Dar. De repente vi un avión pequeño en la pista de despegue y que Arnold metía en él su equipo. A la sombra de un ala divisé a Félix. Cuando corrí hacia él, me miró, me saludó y dijo:
—Tu asiento está libre. Te espera. Puedes subir.
Ryszard Kapuściński
Ébano
Quien muchos consideran el mejor reportero del siglo se sumerge en el continente africano, rehuyendo lugares comunes y estereotipos. Vive en las casas repletas de cucarachas de los más pobres, enferma de malaria cerebral, corre peligro de muerte a manos de un guerrillero, pero pese a todo no pierde su mirada lúcida y su voz de gran narrador para adentrar al lector en la compleja realidad de África, con las guerras, miseria e injusticia que atraviesan su historia y lastran su presente. Posiblemente la obra cumbre del autor, ganadora del Premio Viareggio, entre otros galardones.
Anegado, en un momento dado se paró el motor. Empezó el infierno. La embarcación salía despedida hacia todos los lados, inerte e indefensa giraba sobre su eje, y nosotros, aterrorizados, sólo esperábamos cuándo la volcaría la ola de turno. Todos nos aferrábamos a la borda. Alguien lanzó un grito histérico, otro clamó a Dios en su ayuda, un tercero, tumbado en la cubierta, gemía y vomitaba bilis. Las ráfagas de agua nos bañaron varias veces, repetidos ataques de mareos ya nos habían sacado las entrañas y si algo vivo aún permanecía dentro de nosotros, ese algo era un miedo atroz, animal. No teníamos ninguna clase de salvavidas; cada una de las olas que se acercaban podía ser portadora de muerte.
El motor, muerto, no quería arrancar. De pronto, Peter gritó a través del vendaval: «¡El aceite!» Recordó que esta clase de motor no necesita sólo de gasolina sino también de aceite, para hacer la mezcla. Él y Marc se pusieron a rebuscar en una caja. Encontraron una lata y añadieron aceite al tanque. Marc tiró del cable varias veces y el motor arrancó. Todos gritamos de alegría, aunque la tormenta seguía campando por sus respetos. Pero por lo menos había saltado una chispa de esperanza.
Al principio, el alba, con nubarrones bajos, ofrecía un aspecto lúgubre, pero la lluvia amainaba y por fin se hizo de día. Empezamos a mirar a todos lados: ¿dónde estábamos? A nuestro alrededor no había más que agua, inmensa, oscura y aún agitada. Y a lo lejos, un horizonte que subía y bajaba, que ondeaba a un ritmo regular, cósmico. Más tarde, cuando el sol estaba ya muy alto, divisamos en aquel horizonte una línea oscura. ¡Tierra! Nos dirigimos hacia allá. Delante de nosotros aparecieron una orilla llana, palmeras, un grupo de gente y al fondo, unas casuchas. Resultó que volvíamos a encontrarnos en Zanzíbar, sólo que mucho más arriba de la ciudad. Al no conocer el mar, no sabíamos que nos había secuestrado el monzón que soplaba en aquella estación del año y que, por suerte, nos devolvió aquí, pues habría podido lanzarnos al Golfo Pérsico, a Pakistán o a la India. Pero a un viaje así no habría sobrevivido nadie: nos habríamos muerto de sed o el hambre habría hecho que nos comiésemos los unos a los otros.
Todos salimos de la lancha y, medio muertos, nos tumbamos en la arena. Yo no conseguía tranquilizarme y empecé a preguntar a las personas que se habían congregado allí cómo llegar hasta la ciudad. Un hombre tenía una moto y se avino a llevarme. Nos lanzamos en una carrera por túneles verdes y aromáticos, entre plátanos, mangos y claveros. La corriente del aire caliente me secaba la camisa y los pantalones, que estaban blancos y salados a causa del agua del mar. Al cabo de una hora habíamos alcanzado el aeropuerto, donde yo esperaba encontrar a Karume y que él me ayudase a llegar a Dar. De repente vi un avión pequeño en la pista de despegue y que Arnold metía en él su equipo. A la sombra de un ala divisé a Félix. Cuando corrí hacia él, me miró, me saludó y dijo:
—Tu asiento está libre. Te espera. Puedes subir.
Ryszard Kapuściński
Ébano
Quien muchos consideran el mejor reportero del siglo se sumerge en el continente africano, rehuyendo lugares comunes y estereotipos. Vive en las casas repletas de cucarachas de los más pobres, enferma de malaria cerebral, corre peligro de muerte a manos de un guerrillero, pero pese a todo no pierde su mirada lúcida y su voz de gran narrador para adentrar al lector en la compleja realidad de África, con las guerras, miseria e injusticia que atraviesan su historia y lastran su presente. Posiblemente la obra cumbre del autor, ganadora del Premio Viareggio, entre otros galardones.