El aire de la noche
era sereno y suave en la orilla del Bund. A sus espaldas, en la calle
Zhongshan, estaba el Hotel de la Paz con su tejado
rojinegro en punta. Alguna vez había fantaseado con la idea de pasar una noche
en el jazz bar en compañía de Wang, con músicos que
tocaran a la perfección el piano, la trompeta y la batería. Los camareros, con
una servilleta almidonada en el brazo, servirían bloody
manes, manhattans y vodka con kahlua… Ahora nunca tendrían esa oportunidad. Por algún
motivo, no estaba demasiado preocupado por ella. Wang era atractiva, joven e
inteligente, y tenía sus propios contactos. Con el tiempo, conseguiría obtener
el pasaporte y el visado, y se marcharía en un avión japonés. Quizá su decisión
de partir era la correcta, porque no había manera de saber qué futuro esperaba
a China. En Tokio, vestida con un ancho kimono de seda, arrodillada sobre una
estera y calentando una copa de sake para su marido,
sería una mujer maravillosa, y como fondo cerezos en flor y el monte Fuji
cubierto de nieve. Durante la noche, cuando una sirena calmase el vacío del
insomnio, ¿pensaría todavía en él, allende los mares y al otro lado de las
montañas? Recordó varios versos de Liu Yong, escritos durante la dinastía Song:
«¿Dónde me encontraré
esta noche
despertando de la
resaca…?
La orilla del río
flanqueada por sauces llorones,
la luna cayendo, el alba asomando en una brisa
año tras año. Estaré
lejos,
lejos de ti.
Todos los bellos
paisajes se nos muestran,
pero de nada sirve.
¡Oh!, ¿a quién podré
hablar
de este paisaje para
siempre hermoso?»
Se habían invertido
los papeles. En el poema, Liu era quien dejaba su amor atrás, pero en su caso,
era Wang quien lo dejaba a él. Como poeta, el nombre de Liu era respetado en la
literatura clásica china. Había vivido sin blanca, bebiendo, soñando y
desperdiciando sus mejores años en los burdeles, hasta se decía que sus poemas
románticos habían sido su perdición. Era un hombre despreciado por sus coetáneos,
que no dudaron en denunciarlo con toda la indignación nacida del orgullo
confuciano. Murió sumido en la pobreza, atendido por una prostituta pobre que
se encariñó con sus poemas, aunque quizá esa compañera de sus últimas horas no
fuera más que una invención, una gota de consuelo en una taza de amargura.
Qiu
Xiaolong
Muerte
de una heroína roja
Inspector Chen Cao