Será mejor que nos vayamos, no sea que empiece
esto a llenarse de obispos-almirantes y de brujos-poetas.” Abrió la puerta,
salió y el aire del hueco de la escalera absorbió a los otros tres y se los
llevó también. “No volverán”, pensé con pena; y como era de madrugada y no
tenía ganas de dormir, me vestí y salí a la calle sin hacer ruido. Estaba la
ciudad metida en la niebla, esa niebla opaca, impenetrable, que se forma cuando
la del Baralla no se retira y la del Mendo insiste en ascender. Recorrí varias
calles arrimado a las paredes, tentándolas como un ciego, y, de repente, me
encontré al borde mismo de la niebla, que parecía cortada a pico como el
precipicio de una montaña; un escalofrío me sacudió los tuétanos y,
afortunadamente, me paralizó: un paso más, y me hubiera caído en el abismo. No
era, como creí al principio, el tajo del Baralla, sino uno nuevo, de anchura y
profundidad inmensas. Según mis cálculos, debía hallarme en el extremo de la
rosaleda, muy próximo al monumento de Barrantes. Retrocedí, y lo busqué con
precauciones infinitas, moviéndome por milímetros y tanteando el suelo antes de
asentar el pie. Así pude llegar a la plazoleta, sentarme al pie de la estatua y
limpiarme el sudor. Y no me atreví a moverme hasta que, hacia el lugar donde
debía de terminar la niebla, apareció una claridad como de amanecer lechoso. Me
levanté entonces y me acerqué al seto que cerraba la plazoleta detrás del
busto, metí la cabeza entre las ramas de mirto, y fue como si me asomara a una
ventana abierta a una nada en que no hubiera más que crepúsculo. Pero cuando la
luz fue creciendo, vi, allá abajo, como seguramente podrá verse desde un
aeroplano, el contorno de la ría, las tierras trabajadas, los viñedos de las
colinas y, en el lugar donde debiera hallarse Castroforte, algo así como la
carne desgarrada de un cuerpo al que se le ha arrancado un brazo. Yo estaba,
indiscutiblemente, en Castroforte, pero Castroforte no se hallaba en su sitio.
“¡Los ingenieros de la Triangulación Geodésica!”, pensé; y, en vez de miedo,
sentí el estremecimiento de un placer irrepetible al saberme testigo de un
hecho excepcional. Osé reptar por la hierba del jardín, sacar la cabeza del
seto y medio cuerpo al vacío (aunque agarrándome bien). Así el área visible se
ensanchaba. Podía doblarme por la cintura y contemplar en perspectiva insólita
lo que había sido el subsuelo de la ciudad, lo que, verosímilmente, volvería a
serlo. No era una superficie lisa, sino que se asemejaba a un árbol gigantesco
al que un tifón hubiera desgajado de su asiento, que trae terrones informes y
toda clase de adherencias vegetales y geológicas. Pero había más en lo que yo
veía, había algo que desvirtuaba, hasta dejarlo inútil, el símil del baobab
descuajado: había tumbas abiertas por debajo, y sótanos sin suelo, escaleras
que terminaban en el aire, alcantarillas sin base, raíces de árboles sin tierra
nutricia, cimientos sin apoyo, tubos de pozo sin agua y agua de pozos sin tubo,
así como los tendidos subterráneos de la electricidad y el gas. El orden en que
aparecían las raíces revelaba el trazado de las alamedas, los cimientos de las
estatuas, el centro de las plazas. Hacia donde debía estar la Colegiata, una
roca enorme ofrecía su irregular superficie quebrada. Pero lo que más me llenó
de asombro fue el cauce lleno de los ríos y el curso de las aguas sin lecho:
alborotada y transparente la del Baralla, turbia e inmóvil la del Mendo: a
veces, el cuerpo oscuro de una lamprea intentaba esconderse en el fango
inexistente, se retorcía en el aire, y buscaba, hacia arriba, el apoyo del
agua. “¿Qué pensamiento, qué dolor o qué esperanza común a todos los
castrofortinos los habrá ensimismado?”, y hallé la respuesta al recordar que
aquella misma tarde la disputa del Casino se había zanjado con la victoria
local —632 Hembras contra 337 Machos—, y que alguien había escrito debajo, en
letras grandes y claras:
Gana coño y color
Alejándose imperceptiblemente de su asiento, la
ciudad con su niebla se columpiaba en el aire limpio de la madrugada, se mecía
como un péndulo lento, como un barco que navegase en un espacio quieto. Si al
despegarse había hecho ruido —si la tierra se había quejado—, los ecos del
ruido o de la queja habían emigrado ya por encima de la mar, a aquella hora
tiernamente azulada: un gran silencio lo arropaba todo y lo colmaba, como si
aquella luz creciente del crepúsculo fuese silencio-luz. Hasta que, de repente,
sentí un rumor continuo e invariable, no de música, de furia: un rumor que
ascendía y se acercaba. Miré hacia abajo. En la mitad del aire, equidistando de
Castroforte y la llaga sangrante de la tierra, corría el tren aéreo que yo
mismo había inventado. Corría bastante cerca, por sus raíles circulares, aunque
tan rápidamente que la sucesión de los vagones se fundía en un solo vagón
continuo como el cuerpo de una sierpe, con locomotora en la cabeza y furgón en
la cola: tan próximos entre sí, que una vez cada vuelta la locomotora abría las
fauces para tragarse el furgón, y al no poder alcanzarlo, le lamía los topes
con su lengua de fuego. Presiento que este conjunto veloz, que este fuego voraz
entrañaban un importante simbolismo, aunque no supiese bien de qué.
Gonzalo Torrente Ballester
La saga/fuga de J. B.
La saga/fuga de J. B.
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