martes, 27 de marzo de 2018

y fue como si me asomara a una ventana abierta a una nada

Será mejor que nos vayamos, no sea que empiece esto a llenarse de obispos-almirantes y de brujos-poetas.” Abrió la puerta, salió y el aire del hueco de la escalera absorbió a los otros tres y se los llevó también. “No volverán”, pensé con pena; y como era de madrugada y no tenía ganas de dormir, me vestí y salí a la calle sin hacer ruido. Estaba la ciudad metida en la niebla, esa niebla opaca, impenetrable, que se forma cuando la del Baralla no se retira y la del Mendo insiste en ascender. Recorrí varias calles arrimado a las paredes, tentándolas como un ciego, y, de repente, me encontré al borde mismo de la niebla, que parecía cortada a pico como el precipicio de una montaña; un escalofrío me sacudió los tuétanos y, afortunadamente, me paralizó: un paso más, y me hubiera caído en el abismo. No era, como creí al principio, el tajo del Baralla, sino uno nuevo, de anchura y profundidad inmensas. Según mis cálculos, debía hallarme en el extremo de la rosaleda, muy próximo al monumento de Barrantes. Retrocedí, y lo busqué con precauciones infinitas, moviéndome por milímetros y tanteando el suelo antes de asentar el pie. Así pude llegar a la plazoleta, sentarme al pie de la estatua y limpiarme el sudor. Y no me atreví a moverme hasta que, hacia el lugar donde debía de terminar la niebla, apareció una claridad como de amanecer lechoso. Me levanté entonces y me acerqué al seto que cerraba la plazoleta detrás del busto, metí la cabeza entre las ramas de mirto, y fue como si me asomara a una ventana abierta a una nada en que no hubiera más que crepúsculo. Pero cuando la luz fue creciendo, vi, allá abajo, como seguramente podrá verse desde un aeroplano, el contorno de la ría, las tierras trabajadas, los viñedos de las colinas y, en el lugar donde debiera hallarse Castroforte, algo así como la carne desgarrada de un cuerpo al que se le ha arrancado un brazo. Yo estaba, indiscutiblemente, en Castroforte, pero Castroforte no se hallaba en su sitio. “¡Los ingenieros de la Triangulación Geodésica!”, pensé; y, en vez de miedo, sentí el estremecimiento de un placer irrepetible al saberme testigo de un hecho excepcional. Osé reptar por la hierba del jardín, sacar la cabeza del seto y medio cuerpo al vacío (aunque agarrándome bien). Así el área visible se ensanchaba. Podía doblarme por la cintura y contemplar en perspectiva insólita lo que había sido el subsuelo de la ciudad, lo que, verosímilmente, volvería a serlo. No era una superficie lisa, sino que se asemejaba a un árbol gigantesco al que un tifón hubiera desgajado de su asiento, que trae terrones informes y toda clase de adherencias vegetales y geológicas. Pero había más en lo que yo veía, había algo que desvirtuaba, hasta dejarlo inútil, el símil del baobab descuajado: había tumbas abiertas por debajo, y sótanos sin suelo, escaleras que terminaban en el aire, alcantarillas sin base, raíces de árboles sin tierra nutricia, cimientos sin apoyo, tubos de pozo sin agua y agua de pozos sin tubo, así como los tendidos subterráneos de la electricidad y el gas. El orden en que aparecían las raíces revelaba el trazado de las alamedas, los cimientos de las estatuas, el centro de las plazas. Hacia donde debía estar la Colegiata, una roca enorme ofrecía su irregular superficie quebrada. Pero lo que más me llenó de asombro fue el cauce lleno de los ríos y el curso de las aguas sin lecho: alborotada y transparente la del Baralla, turbia e inmóvil la del Mendo: a veces, el cuerpo oscuro de una lamprea intentaba esconderse en el fango inexistente, se retorcía en el aire, y buscaba, hacia arriba, el apoyo del agua. “¿Qué pensamiento, qué dolor o qué esperanza común a todos los castrofortinos los habrá ensimismado?”, y hallé la respuesta al recordar que aquella misma tarde la disputa del Casino se había zanjado con la victoria local —632 Hembras contra 337 Machos—, y que alguien había escrito debajo, en letras grandes y claras:
Gana coño y color
Alejándose imperceptiblemente de su asiento, la ciudad con su niebla se columpiaba en el aire limpio de la madrugada, se mecía como un péndulo lento, como un barco que navegase en un espacio quieto. Si al despegarse había hecho ruido —si la tierra se había quejado—, los ecos del ruido o de la queja habían emigrado ya por encima de la mar, a aquella hora tiernamente azulada: un gran silencio lo arropaba todo y lo colmaba, como si aquella luz creciente del crepúsculo fuese silencio-luz. Hasta que, de repente, sentí un rumor continuo e invariable, no de música, de furia: un rumor que ascendía y se acercaba. Miré hacia abajo. En la mitad del aire, equidistando de Castroforte y la llaga sangrante de la tierra, corría el tren aéreo que yo mismo había inventado. Corría bastante cerca, por sus raíles circulares, aunque tan rápidamente que la sucesión de los vagones se fundía en un solo vagón continuo como el cuerpo de una sierpe, con locomotora en la cabeza y furgón en la cola: tan próximos entre sí, que una vez cada vuelta la locomotora abría las fauces para tragarse el furgón, y al no poder alcanzarlo, le lamía los topes con su lengua de fuego. Presiento que este conjunto veloz, que este fuego voraz entrañaban un importante simbolismo, aunque no supiese bien de qué.

Gonzalo Torrente Ballester
La saga/fuga de J. B.
 


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