Anduve hasta que se
hizo de noche, lo que sucedió hacia las cuatro y media. El crepúsculo fue largo
y de una languidez dramática, lleno de grises de diferente densidad.
Al cerrar la noche,
yo estaba bastante lejos del pueblo y en lugar de volver directamente, fui
hacia el río y traté de pasar al otro lado, pero el hielo era quebradizo y
hacia el centro, donde la corriente era más viva, el agua no se había helado.
Tuve que volver, y lo hice fuera de camino, gozando con mi propia desesperación
y pensando en una Valentina lejana que, tal vez, cuando se quedaba sola, sentía
añoranzas de su casa, es decir, de nuestra infancia, tan reciente aún.
Ramón J. Sender
Crónica del alba, 2
Crónica del alba, 2
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