Cuando el Volvo de
Dick se detuvo en el camino de entrada, Polly había dado de cenar a sus hijos
—hamburguesas, patatas asadas y peras escarchadas, algo de lo cual llegó a las
fauces de Míster Bones— y ya estaban los cuatro de nuevo en el jardín, regando
las plantas a la hora en que la tarde daba paso a los primeros tintes del
crepúsculo y el cielo empezaba a vetearse de penumbra. Míster Bones había oído
a Polly decir a Alice que el vuelo de Nueva Orleans llegaba al aeropuerto de
Dulles a las cuatro cuarenta y cinco, y que si el avión no venía con retraso y
el tráfico no era muy denso, su padre estaría en casa sobre las siete. Minuto
más, minuto menos, Dick Jones llegó puntualmente a esa hora. Había estado fuera
tres días, y cuando los niños oyeron el coche que se acercaba, salieron
corriendo del jardín y desaparecieron dando gritos por un costado de la casa.
Polly no hizo movimiento alguno para ir tras ellos. Siguió regando
tranquilamente sus plantas y flores y Míster Bones se quedó a su lado, decidido
a no perderla de vista. Sabía que ya no había ninguna esperanza, pero si
alguien podía salvarlo de lo que estaba a punto de suceder, ese alguien era
ella.
Paul Auster
Tombuctú
No hay comentarios:
Publicar un comentario