sábado, 24 de marzo de 2018

el cielo empezaba a vetearse de penumbra

Cuando el Volvo de Dick se detuvo en el camino de entrada, Polly había dado de cenar a sus hijos —hamburguesas, patatas asadas y peras escarchadas, algo de lo cual llegó a las fauces de Míster Bones— y ya estaban los cuatro de nuevo en el jardín, regando las plantas a la hora en que la tarde daba paso a los primeros tintes del crepúsculo y el cielo empezaba a vetearse de penumbra. Míster Bones había oído a Polly decir a Alice que el vuelo de Nueva Orleans llegaba al aeropuerto de Dulles a las cuatro cuarenta y cinco, y que si el avión no venía con retraso y el tráfico no era muy denso, su padre estaría en casa sobre las siete. Minuto más, minuto menos, Dick Jones llegó puntualmente a esa hora. Había estado fuera tres días, y cuando los niños oyeron el coche que se acercaba, salieron corriendo del jardín y desaparecieron dando gritos por un costado de la casa. Polly no hizo movimiento alguno para ir tras ellos. Siguió regando tranquilamente sus plantas y flores y Míster Bones se quedó a su lado, decidido a no perderla de vista. Sabía que ya no había ninguna esperanza, pero si alguien podía salvarlo de lo que estaba a punto de suceder, ese alguien era ella.

Paul Auster
Tombuctú
 


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