viernes, 20 de abril de 2018

no haré nada que me ligue voluntariamente al mal


—No —dijo—, no quiero nada que venga de sus manos; si estuviera muriéndome de sed, y fuera su mano quien acercara una jarra a mis labios, tendría el valor de rechazarla. Puede que sea excesivamente crédulo, pero no haré nada que me ligue voluntariamente al mal.
—No tengo nada en contra de un arrepentimiento en el lecho de muerte —hizo notar el visitante.
—¡Porque no cree usted en su eficacia! —exclamó Markheim.
—No diría yo eso —respondió el otro—, en realidad miro estas cosas desde otra perspectiva, y cuando la vida llega a su fin, mi interés decae. El hombre en cuestión ha vivido sirviéndome, extendiendo el odio disfrazado de religión, o sembrando cizaña en los trigales, como hace usted, a lo largo de una vida caracterizada por la debilidad frente a los deseos. Cuando el fin se acerca, sólo puede hacerme un servicio más: arrepentirse, morir sonriendo, aumentando así la confianza y la esperanza de los más tímidos entre mis seguidores. No soy un amo demasiado severo. Haga la prueba. Acepte mi ayuda. Disfrute de la vida como lo ha hecho hasta ahora; disfrute con mayor amplitud, ponga los codos sobre la mesa; y cuando empiece a anochecer y se cierren las cortinas, le digo, para su tranquilidad, que hasta le resultará fácil llegar a un acuerdo con su conciencia y hacer las paces con Dios. Regreso ahora mismo de estar junto al lecho de muerte de un hombre así; y la habitación estaba llena de personas sinceramente apesadumbradas escuchando sus últimas palabras: y cuando le he mirado a la cara, una cara que reaccionaba contra la compasión con la dureza del pedernal, he encontrado en ella una sonrisa de esperanza.
—Entonces, ¿me cree usted una criatura como ésas? —preguntó Markheim—. ¿Cree usted que no tengo aspiraciones más generosas que pecar y pecar y pecar, para, en el último instante, colarme de rondón en el cielo? Mi corazón se rebela ante semejante idea. ¿Es ésa toda la experiencia que tiene usted de la humanidad? ¿O es que, como me sorprende usted con las manos en la masa, se imagina tanta bajeza? ¿O es que el asesinato es un crimen tan impío que seca por completo la fuente misma del bien?

Robert Louis Stevenson
La isla de las voces

jueves, 19 de abril de 2018

en cierto palacio de Lisboa, un rey que tache su nombre

Tal vez la codicia haya cargado demasiado los barcos; lo cierto es que uno de ellos, y precisamente el que manda Francisco Serrão, da contra un escollo, y solamente las vidas humanas se salvan del naufragio. Van errantes por la playa desconocida, y cuando ya los amenazaba un ocaso que hubiera sido el de sus penas, Serrão consigue, con un golpe de astucia, apoderarse de un barco de piratas, en el cual hacen rumbo de nuevo a Amboina. Con la misma afabilidad que cuando habían abordado, como grandes señores recibe el jefe a los que acuden ahora a refugiarse en sus playas y les brinda acogimiento con la más perfecta generosidad. Con tal amor, veneración y magnificencia fueron recibidos y hospedados, que les parecía, en medio de su dicha y gratitud, un caso increíble.
Parece que el más elemental deber militar dictaría al capitán Francisco Serrão, no bien repuestos los ánimos, la inmediata partida en una de las barcazas que continuamente se dirigen a Malaca, a fin de entrevistarse con su almirante, y después, ya de vuelta a Portugal, poner enseguida sus armas a disposición del rey, al cual le atan los vínculos del juramento y del sueldo que de él recibe.
Pero el país paradisíaco, el clima cálido y balsámico corroen pérfidamente en Francisco Serrão el sentimiento de la disciplina militar. Y, de pronto, le resulta del todo indiferente que haya dondequiera, a muchas millas, en cierto palacio de Lisboa, un rey que tache su nombre, refunfuñando, de la lista de capitanes o pensionados. Está convencido de que bastante ha hecho por amor a Portugal y de que ha expuesto su piel por la patria con frecuencia. Hora sería de que él, Francisco Serrão, pudiera por fin empezar a vivir, sin más ansias ni incomodidades, la vida de ese Francisco Serrão, con la misma plenitud que gozan de la suya todos los pobladores desnudos y, sin cuidado de aquellas benditas islas. Que los otros marineros y capitanes continúen enhorabuena arando el mar y comprando con sangre y sudor la pimienta y la canela para unos trujamanes forasteros; que vayan corriendo riesgos y batallas como unos bobos leales, sólo para que la Alfanda de Lisboa pueda atesorar más tributos en sus arcas. Él, personalmente, Francisco Serrão, de ahora en adelante ex capitán de la flota portuguesa, ya está saciado de guerras y de aventura y de negocio de especias. Sin más ceremonia, el valiente capitán renuncia al mundo heroico y pasa al mundo idílico, dispuesto a vivir en lo sucesivo de incógnito, al modo primitivo y magníficamente perezoso de aquella amable gentecilla. Tampoco le da mucho trabajo el alto honor de gran visir con que el rey de Ternate le distingue: sólo una vez, en una guerrilla que sostiene su señor, es llamado a ejercer de consejero militar y se lo recompensan, dándole posesión de una casa con sus esclavos y servidores, a más de una esposa bonita y morena, de la cual cosecha dos o tres niños de un color moreno claro.

Stefan Zweig
Magallanes
El hombre y su gesta


miércoles, 18 de abril de 2018

Papagayos, ruiseñores, que cantáis al alborada,

MELIBEA.-
Cuanto dices, amiga Lucrecia, se me representa delante. Todo me parece que lo veo con mis ojos. Procede, que a muy buen son lo dices y ayudarte he yo.
LUCRECIA, MELIBEA.
Dulces árboles sombrosos,
humilláos cuando veáis
aquellos ojos graciosos
del que tanto deseáis.
Estrellas que relumbráis,
norte y lucero del día,
¿por qué no le despertáis,
si duerme mi alegría?
MELIBEA.-
Óyeme, tú, por mi vida, que yo quiero cantar sola.
Papagayos, ruiseñores,
que cantáis al alborada,
llevad nueva a mis amores,
como espero aquí asentada.
La media noche es pasada,
y no viene.
sabedme si hay otra amada
que lo detiene.
CALISTO.-
Vencido me tiene el dulzor de tu suave canto; no puedo más sufrir tu penado esperar. ¡Oh mi señora y mi bien todo! ¿Cuál mujer podía haber nacida que deprivase tu gran merecimiento? ¡Oh salteada melodía! ¡Oh gozoso rato! ¡Oh corazón mío! ¿Y cómo no pudiste más tiempo sufrir sin interrumpir tu gozo y cumplir el deseo de entrambos?
MELIBEA.-
¡Oh sabrosa traición! ¡Oh dulce sobresalto! ¿Es mi señor de mi alma? ¿Es él? No lo puedo creer. ¿Dónde estabas, luciente sol? ¿Dónde me tenías tu claridad escondida? ¿Había rato que escuchabas? ¿Por qué me dejabas echar palabras sin seso al aire con mi ronca voz de cisne? Todo se goza este huerto con tu venida. Mira la luna cuán clara se nos muestra, mira las nubes cómo huyen. Oye la corriente agua de esta fontecica, ¡cuánto más suave murmullo su río lleva por entre las frescas hierbas! Escucha los altos cipreses, ¡cómo se dan paz unos ramos con otros por intercesión de un templadico viento que los menea! Mira sus quietas sombras, ¡cuán oscuras están y aparejadas para encubrir nuestro deleite! Lucrecia, ¿qué sientes, amiga? ¿Tórnaste loca de placer? Déjale, no me le despedaces, no le trabajes sus miembros con tus pesados abrazos. Déjame gozar lo que es mío, no me ocupes mi placer.

Tragicomedia de Calisto y Melibea
Fernando De Rojas


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