lunes, 4 de junio de 2018

—No necesitan el dinero —dijo—; ya tienen demasiado. Y no tienen pobres. Están ahítos.

—Me debes dos francos de anoche —fue su saludo jadeante.
Le hablé evasivamente de la situación en Portugal, donde al parecer se fermentaban más conflictos. Pero Laploshka me escuchó con la abstracción de una víbora sorda y pronto volvió al tema de los dos francos.
—Me temo que quedaré debiéndotelos —le dije, con tanta ligereza como brutalidad—. No tengo ni un centavo.
Y añadí, falsamente:
—Me marcho por seis meses, si no más.
Laploshka no dijo nada, pero sus ojos se abultaron un poco y sus mejillas adquirieron los abigarrados colores de un mapa etnográfico de la península balcánica. Ese mismo día, al ocaso, falleció. «Ataque al corazón», dictaminó el doctor. Pero yo, que estaba más al tanto, supe que había muerto de aflicción.
Surgió el problema de qué hacer con sus dos francos. Una cosa era haber matado a Laploshka; pero haberme quedado con su dinero habría sido muestra de una dureza de sentimiento de la que soy incapaz. La solución usual de dárselo a los pobres de ningún modo se habría acomodado a la presente situación, ya que nada habría afligido más al difunto que semejante malbaratamiento de sus posesiones. Por otra parte, la donación de dos francos a los ricos era una operación que requería cierto tacto. No obstante, una manera fácil para salir de apuros pareció presentarse al domingo siguiente, estando yo apiñado entre la multitud cosmopolita que atestaba la nave lateral de una de las más populares iglesias parisinas. Un bolso de limosnas, para «los pobres de Monsieur le Curé», bregaba por cumplir su tortuoso derrotero a través de la aparentemente impenetrable marejada humana; y un alemán que había frente a mí y que evidentemente no deseaba que el pedido de una contribución le estropeara el disfrute de la sublime música, expresaba en voz alta a un compañero sus críticas sobre la validez de dicha caridad.
—No necesitan el dinero —dijo—; ya tienen demasiado. Y no tienen pobres. Están ahítos.

Saki
Cuentos de humor negro


¿Han oído ustedes el cuento del niño gitano que muere devorado por una hiena frente a dos damas contrariadas? ¿Y el del señor que conoce tan bien a su esposa que ha pasado dos horas conversando con ella sin percatarse de que estaba muerta? Estos no son chistes; son relatos de historias más bien perversas y llenas de ironía.
Preparémonos a reír un poco con ellas. No será una risa de alegría; será acaso de satisfacción al ver delatadas ciertas crueldades que se alojan en el alma de los hombres. Si algo parece caracterizar a Saki en sus relatos, es el vicio de andar metiéndose en el lugar más íntimo y sagrado de los hombres (al que llamamos corazón), para luego ir vociferando a los cuatro vientos todo lo que solemos ocultar allí, tras su tierna y noble apariencia.
La finura de su estilo nos muestra la crueldad de los personajes (y del autor mismo) arrancándonos una sonrisa, que es la misma risita rubicunda de quien se siente descubierto

domingo, 3 de junio de 2018

«CARNE DE BÚFALO», EL TERROR DEL RANCHO

(Argumento de película del Oeste)
PRIMERA PARTE
En el vasto territorio de California, donde el viajero encuentra cantidades prodigiosas de polvo, existe un rancho verdaderamente nutritivo.
Es el rancho denominado Las mil y pico de cabezas de ganado vacuno. Se halla orientado a Poniente y tiene una gran puerta para entrar y salir.
Ese rancho pertenece a David Pickman, hombre corpulento que en su juventud hizo todo lo posible por ser barítono, sin conseguir llegar en su carrera más que a los alrededores de Jersey City, donde cayó rendido de cansancio. Como David Pickman, firme en su idea, recorría los caminos entonando, mejor dicho, desentonando romanzas milanesas, y como, además, carecía de cédula personal, al ser detenido por la Policía fue calificado de «indocumentado vociferante», y con esa clasificación entró en la cárcel, donde permaneció treinta años, indudablemente molesto.
Fue al salir de la cárcel —porque estando en la cárcel le había resultado imposible— cuando Pickman se trasladó al pequeño poblado de Newgrey, en Arizona; y como en realidad no se llevaba bien con los habitantes del poblado, puso rancho aparte.
Así nació Las mil y pico de cabezas de ganado vacuno, propiedad rural muy famosa en toda América.
David Pickman vivía con su hija Patsy, tan linda muchacha como buena mecanógrafa, y ambos eran felices montando a caballo, numerando reses y cazando langostas a lazo.
Al anochecer, padre e hija solían sentarse a la puerta del rancho y contemplaban el horizonte crepuscular; por las mañanas contemplaban el amanecer, y a continuación disparaban sus revólveres.
Eran felices.

SEGUNDA PARTE
Un día, a orillas del Red-River, se detuvieron ochenta caballos por falta de gasolina. Los ochenta se hallaban en el interior de un «Buick» y de él saltó pronto al suelo, torciéndose un pie al saltar, el sheriff Richard.
Padre e hija vieron al sheriff con gran alegría y dispararon sus revólveres.
Richard le explicó rápidamente que el repugnante y mal afeitado bandido Edgar Wallace, conocido por «Carne de Búfalo», merodeaba cual hiena por los alrededores del rancho.
David Pickman y su hija, al conocer la noticia, dispararon sus revólveres.
Pero unas nuevas palabras del sheriff los levantaron en vilo. De aquellas palabras se deducía que «Carne de Búfalo» había jurado delante de una imagen de San Luis del Senegal que iba a preparar un golpe de mano contra Pickman y que le robaría las mil y pico cabezas de ganado vacuno que daban nombre al rancho.
La idea de que «Carne de Búfalo» iba a decapitarle mil y pico de vacas, desconcertó a David.
Entonces disparó su revólver.
TERCERA PARTE
La dulce Patsy Pickman estaba enamorada hasta el sostén (color malva).
¿Quién era él? ¿Quién era el objeto de su pasión, eminentemente sajona?
Retrocedamos un mes para explicarlo.
Una tarde de primavera volvía Patsy del poblado, adonde iba diariamente a tomar aceite de castor, y su caballo se desbocó como un abrigo mal cortado.
Patsy pidió auxilio y disparó su revólver.
Y de pronto, oportunamente, cuando el ágil cuerpo de Patsy iba a caer en las aguas del Red-River, un joven salió de entre las ramas de un grupo de árboles genealógicos y se lanzó en su socorro; cogióla de sus largos cabellos, dio un vigoroso tirón y le evitó una muerte cierta.
Patsy disparó su revólver y se desmayó.
A la media hora y treinta minutos volvía en sí y se sintió dulcemente abrazada por el joven, que tenía en sus manos los largos cabellos arrancados involuntariamente a Patsy.
—¡Oh! —gimió la muchacha—. ¡Gracias, gracias! ¡Me ha salvado usted la vida y además me ha dejado el pelo a lo garçon…! ¡Gracias!
—¿Me ama usted? —indagó él.
—Con toda el alma.
Después de lo cual se besaron con ternura y dispararon sus revólveres.
CUARTA PARTE
Desde entonces, Patsy no había vuelto a ver a su salvador.
El anunciado ataque de los bandidos, capitaneados por «Carne de Búfalo», hizo lo contrario que las mujeres hermosas. Queremos decir que no se hizo esperar.
Cierta noche, un nutrido grupo de malhechores rodeó la estancia.
David Pickman se decidió a vender cara su vida y pidió por ella 2.000 dólares. Los malhechores le ofrecieron 1.300. Discutieron. No lograron ponerse de acuerdo y, al fin, unos y otros dispararon sus revólveres. (Esta vez, apuntándose a la cabeza).
La lucha duró dos días.
El sheriff no pudo acudir a poner paz, porque le estaban haciendo un traje.
El rumor de los disparos que se cruzaban entre ambos bandos se oía perfectamente en Nueva York. Pero en Nueva York está siempre todo el mundo tan ocupado, que nadie reparó en aquello, que sucedía a 3.500 millas.
David Pickman notaba, aterrado, que se le acababan las fuerzas y los cartuchos; sin embargo, continuaba disparando, ayudado por su hija, que le cargaba la carabina y le cepillaba el sombrero.
De improviso un hombre mandó hacer alto el fuego y se colocó a la puerta del rancho, gritando:
—¡David Pickman y su hija están bajo mi protección!
Aquel hombre era el hijo de «Carne de Búfalo».
Y el hijo de «Carne de Búfalo» no era otro que el joven a quien amaba Patsy.
Tres minutos más tarde se casaban.
Al año tenían un hijo y disparaban sus revólveres alegremente.
Desde entonces en el rancho reina la felicidad. «Carne de Búfalo» trabaja ahora para su nieto, y todo el ganado que roba en sus correrías lo mete en el rancho de Pickman.
Hace poco cambiaron el nombre de la posesión, bautizándola así: «Las dieciocho mil cabezas de ganado vacuno».
Con este motivo hubo grandes fiestas en la estancia.
Y todos sus habitantes dispararon sus revólveres.

Enrique Jardiel Poncela
El libro del convaleciente
Inyecciones de alegría para hospitales y sanatorios


«El libro del convaleciente» es una muestra variadísima de las múltiples dotes literarias que han hecho de Enrique Jardiel Poncela el autor de literatura de humor por excelencia en español y uno de los más traducidos.
Una línea uniforme nos lleva por todas las páginas de este libro: la humorística, con todas sus facetas y en todas sus formas. Inyecciones de alegría es el subtítulo de esta obra, y, en efecto, su lectura lleva al ánimo la tonicidad, el alivio y el aliento placenteros, que son frutos de la alegría.
El autor declara que ha querido poner un rayo de luz en las horas grises, melancólicas, de enfermos y convalecientes, pero ya se comprende, querido lector, que tal beneficio no puede quedar limitado a éstos.

viernes, 1 de junio de 2018

¡No quiero huevos! ¡No siga diciéndome que coma cosas!

Bien, si tenía intención de abordar el tema de su estómago dolorido, yo estaba dispuesto a prestar un oído atento, pero de inmediato pasó a otra cuestión.
—¿Está usted casado? —quiso saber.
Esbocé una mueca fugaz y contesté que, de hecho, todavía no estaba casado.
—Ni lo estará nunca, si tiene una pizca de sentido —prosiguió, y por unos instantes caviló sombríamente ante su taza de té—. ¿Sabe que le ocurre a uno cuando se casa? Se convierte en un mandado. No puede decir que su alma sea suya. Uno se convierte en un simple número en el hogar.
Debo decir que me sorprendió un poco hallar tan confidencial a quien era, después de todo, un mero desconocido, pero lo atribuí a la dispepsia. Sin duda los dolores punzantes le habían privado del frío raciocinio.
—Tome un huevo —respondí, como para darle a entender que mi corazón estaba de su parte.
Se puso verde y ejecutó una difícil contorsión.
—¡No quiero huevos! ¡No siga diciéndome que coma cosas! ¿Cree usted que puedo mirar los huevos, de la manera en que me encuentro? Es toda esta infernal cocina francesa. No hay digestión que la resista. ¡El matrimonio! —exclamó, regresando al tema de antes—. No me hable de matrimonios. Se casa uno y, antes de darse cuenta, está cargado de hijastros que se dejan patillas y rehuyen toda clase de trabajo honrado. Lo único que hacen es escribir poemas sobre crepúsculos. ¡Bah!
Soy bastante perspicaz, y en este punto tuve la inspiración de que era tal vez posible que estuviera aludiendo indirectamente a su hijastro Percy. Pero antes de que pudiera confirmar tales sospechas, el comedor empezó a llenarse. Más o menos hacia las nueve y veinte, como era entonces la hora, suele verse desfilar a los habitantes de las mansiones rurales en dirección a la comida. Entró tía Dahlia y cogió un huevo frito. Entró la señora Trotter y cogió una salchicha. Entraron Percy y Florence y cogieron respectivamente una loncha de jamón y un pescado. Como no vi indicios de tío Tom, supuse que estaría desayunando en la cama. Tal es su costumbre cuando tiene invitados, pues rara vez se encuentra con ánimos para hacerles frente hasta haberse fortificado un poco para la severa prueba.
Los presentes habían agachado la cabeza y doblado los codos, y estaban atareados vaciando sus platos, cuando apareció Seppings con los periódicos de la mañana, y la conversación, que en ningún momento había sido arrolladora, decayó por completo. Fue, por consiguiente, un grupo silencioso el que recibió al recién llegado, un hombre como de dos metros diez de estatura y rostro anguloso y recio, ligeramente enmostachado hacia el centro. Hacía algún tiempo que no veía a Roderick Spode, pero no tuve la menor dificultad para reconocerlo. Era uno de esos pájaros de aspecto característico, los cuales, una vez vistos, jamás se olvidan.
Estaba un poco pálido, pensé, como si recientemente hubiese sufrido un ataque de vértigo y se hubiera golpeado la cabeza contra el suelo. Dijo «Buenas días» con lo que para él era una voz bastante débil, y tía Dahlia apartó la mirada de su Daily Mirror.
—¡Caramba, lord Sidcup! —exclamó—. No esperaba que se sintiera usted con fuerzas para bajar a desayunar. ¿Seguro que no es una imprudencia? ¿Se encuentra mejor esta mañana?
—Considerablemente mejor, gracias —respondió valerosamente—. La hinchazón se ha reducido en cierta medida.
—Me alegro mucho. Eso son las compresas frías. Siempre resultan muy eficaces. Lord Sidcup —explicó tía Dahlia— sufrió una mala caída ayer por la tarde. Creemos que debió de ser un ataque repentino de vértigo. Todo se volvió negro, ¿no fue así, lord Sidcup?
Éste asintió con una inclinación de cabeza, y resultó de todo punto evidente que un instante después se arrepentía de haberlo hecho, pues contrajo las facciones como a veces las he contraído yo tras balancear irreflexivamente la calabaza después de una prominente noche de juerga en Los Zánganos.
—Sí —respondió—. Fue de lo más extraordinario. Me encontraba de pie, sintiéndome perfectamente bien… mejor que nunca, en realidad… cuando fue como si algo duro me hubiera golpeado la cabeza, y ya no recuerdo más hasta que recobré la conciencia en mi habitación, donde usted me arreglaba la almohada y su mayordomo me preparaba una bebida refrescante.
—Así es la vida —comentó tía Dahlia en tono grave—. Sí, señor, así mismo es la vida. Como digo a menudo, hoy estamos y mañana no estamos…

P. G. Wodehouse
Jeeves y el espíritu feudal
Jeeves - 6


Cuando Bertie Wooster va a pasar unos días con su tía Dahlia en Brinkley Court y se encuentra de súbito prometido a la imperiosa Lady Florence Craye, la amenaza del desastre se cierne sobre todo y todos. Y mientras Florence se dedica a cultivar el espíritu de Bertie, su anterior novio, el fornido ex policía «Stilton» Cheesewright, amenaza con reducir su cuerpo a papilla y el nuevo admirador de Florence, el quejicoso poeta Percy Gorringe, trata de sablearle mil libras. Para colmo, Bertie ha incurrido en la desaprobación de Jeeves por dejarse bigote. Añádanse a esto un collar de perlas desaparecido, la revista de tía Dahlia Miladys Boudoir, su cocinero Anatole, el campeonato de dardos del Club de los Zánganos, el señor L.G. Trotter y esposa, de Liverpool, y se tendrán todos los ingredientes de una divertidísima novela de Wodehouse.

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