jueves, 21 de junio de 2018

«Ahora, dije a Lénutchka, voy a hablarte del Dragón Feo»

«Ahora, dije a Lénutchka, voy a hablarte del Dragón Feo». «¿Y qué es eso?». «Otra reminiscencia. Un viejo personaje que no pasó de imaginado, del cual jamás escribí una sola línea, pero que ahora reaparece. Pertenecía a una novela que no pasó de proyecto: quizás ni a eso haya llegado. Se llamaría La isla, la reina y la tarasca, y el lugar de la acción era la isla de Mazaricos, una especie de peñón basáltico perdido en el mar del Occidente, del que emergía como un cetáceo aboyado. La imagen de la isla la tomé de una revista geográfica, donde venía fotografiada a todo color: como un pedazo de madera… Pero será mejor que la veamos». Lénutchka pegó un salto inesperado y quedó en pie sobre la alfombra. «¡Oh, sí, claro, por supuesto! ¡Hace ya mucho tiempo que no viajamos!». «No de pie: está lejos y podrías fatigarte. Yo, por mi parte, no me siento capaz de hacer un camino tan largo. Siéntate a mi lado». Yo estaba en el sofá donde ella se había tendido con la cabeza en mi regazo, como llevo dicho. Se acomodó a mi lado. Me sonrió. «Te dejo fumar otra vez». Le di las gracias con un beso. «Lo más cómodo será arribar a la isla por el aire. Si seguimos al sol llegaremos allá con el crepúsculo». «En la isla, ¿tendremos dónde dormir?». «Por supuesto. Y digo lo de seguir al sol porque él nos marcará la ruta. En esa dirección, precisamente, está la isla». Lénutchka estiró los brazos. «Me apetece colgarme de la luz, pero me da temor de que los rayos sean demasiado sutiles y me dejen caer». «Las palabras no pesan», le respondí, y, por quitarle el temor, me instalé en un haz luminoso que me alejó rápidamente. «¡Espérame!», gritó ella, riendo: cuando volví la vista, me seguía ya, saltando de un rayo en otro y pronto estuvo a mi lado: íbamos como niños en caballos de tiovivo, nos alejábamos y nos juntábamos, subíamos y bajábamos como en un tobogán, todo con risas. Pasaban, debajo, los valles ya en sombra y las cimas todavía iluminadas; en el haz de algún río rojeaba el sol y en la mar aún lejana: Villasanta quedaba envuelta en la niebla de la tarde, difuminada, como esas ciudades que se ven en el desierto. Al llegar a la costa le señalé a Lénutchka un puertecillo. «Eso es Muxía. Todas las semanas viene el barco de Mazaricos, que tripulan dos hombres, el patrón y el maquinista. Llevan juntos treinta años y no se han hablado jamás». «Uno será franquista y el otro republicano». «No. Uno es de los que siempre se ven de frente y, el otro, de los que se ven de perfil». Le expliqué entonces que en Mazaricos no había más que una ciudad, y que sus habitantes se dividían en esos dos bandos, que más parecían razas. Los que se ven de frente viven en la parte diestra del pueblo; los otros, en la siniestra. En medio de las dos partes, encima mismo del puerto, está el casino, al que sólo pueden entrar los hombres. «Eso parece, me dijo, un poblado de bororos». «En ellos me inspiré para inventarlo». Quedaba atrás la costa y el sol amenazaba con meterse en una franja de nubes negras que bordeaba el horizonte: combadas, como de tormenta, con los bordes dorados. Nos quedaríamos sin vehículo, si se tragaban al sol; pero éste, como es sabido, va más despacio al ponerse, de modo que nos dio tiempo a alcanzar la vista de Mazaricos, que apareció en la raya remota, alargada y achaparrada como el lomo de un pez gigante, aunque, más de cerca, vimos que más tiraba a redonda, que sus acantilados se recortaban en bahías y caletas, y que la superficie era llana y sin árboles, como barrida por el viento. Las luces que empezaban a encenderse nos orientaron acerca de la situación exacta de la ciudad: vista desde la altura semejaba un anfiteatro con casitas escalonadas alrededor de una dársena curvada: había en ella barcas y barquichuelos, y personas en el muelle, paseando. Cuando el sol se había casi ocultado, resbalamos de nuestros rayos y quedamos junto a la entrada del pueblo. «Es tarde para que veamos al Dragón Feo», dije a Lénutchka; «a estas horas, la gruta en que se esconde estará oscura, y aunque él preferiría que no le viésemos, porque su fealdad le hace tímido y recatado, y siempre cuesta trabajo sacarle de su escondrijo submarino, no quiero que te pierdas el espectáculo de la gruta al amanecer, que es bellísimo». Lénutchka se había sentado en una piedra pulida por el viento y la lluvia. «También lo es este paisaje, tan desnudo y tan duro». Venía por el camino, tocando en su flauta pánica una tonada enrevesada y arcaica, un viejo pastor de cabras, al que vimos siempre de perfil; pasó por nuestro lado y nos saludó en lengua vernácula, que Lénutchka no entendía. Le pregunté al hombre si hallaríamos, a aquellas horas, hospedaje; nos respondió que en el pueblo había un hotel, pero que no se recordaba que jamás hubiera llegado a él huésped alguno. «Los hombres nos han abandonado hace ya siglos, o quizás nos hayan olvidado. Cuando trae el barco algún pasajero es uno de nosotros, que regresa de la emigración o que viene simplemente a visitar a la familia, pero que tiene siempre casa propia. El hotel, sin embargo, se mantiene limpio y dispuesto para cuando la reina llegue». Y señaló a Lénutchka: «¿No lo será esta dama?». Traduje a Lénutchka lo que el cabrero había dicho. «Respóndele que no. ¡Qué disparate! Si fuese reina, si lo fuese sólo por unas horas, no me recibirían después en mi país». El cabrero meditó unos instantes. «Pues todo el mundo creerá que es ella, porque responde a la descripción que nuestros padres nos han hecho, y a ellos los abuelos, y así hacia atrás no se sabe cuántos siglos». «¿Recuerda el nombre?». «La reina, nada más que la reina». Le pregunté la dirección del hospedaje: me respondió que estaba junto al muelle, en la mitad siniestra, pero que su jardín pertenecía a la diestra. Le di las gracias y se marchó con su música y sus cabras, armando cierto alboroto de esquilones; y cuando se hubo alejado, razoné de la siguiente manera con Lénutchka: «Si ahora bajamos al pueblo y buscamos el hotel, resultará inevitable que nos metamos en la novela a la que esta isla pertenece. A mí no me importa hacerlo si es que a ti te apetece, ya que, para lo nuestro, lo mismo da una novela que otra. Pero será inevitable que te tomen por la reina y que hagas ese papel. De modo que decide». Lénutchka lo pensó un rato. «No es que no me tiente», me respondió, «porque esos hombres de frente y esos hombres de perfil deben de ser fascinantes, pero no olvides que soy una muchacha soviética educada en el marxismo-leninismo más ortodoxo, y que hacer el papel de reina me da cierta dentera; además, mi gusto literario es bastante clásico, y las bifurcaciones acaban por aburrirme. Este viaje que venimos haciendo pertenece a nuestra novela, y, si las cosas marchan acabaremos por llevarnos al Dragón Feo a Villasanta de la Estrella, ya lo verás, de suerte que, de un modo bastante tenue, nos mantenemos dentro del tema. Pasar a otro nos hace correr el riesgo de abandonar lo empezado, y son ya muchos esbozos los que te han quedado a medias. Por lo demás, confieso que no me disgustaría saludar a la dueña del hotel, donde, además, hallaremos lechos cómodos y un poco de comida». «Traje conmigo algo», y señalé el zurrón que en aquel momento acababa de inventar y de colgarme al hombro; «hay de esos pastelillos de caviar que te gustan». «¿Caviar del Guadalquivir?». «Del Volga, garantizado». Tendió las manos. «¡Dámelos en seguida, te lo ruego!». Le pasé la fiambrera donde venían, y vi cómo se los comía con infantil voracidad. Mientras lo hacía, inventé una guitarra que dejé a sus pies; porque Lénutchka, después de haber comido los pasteles de caviar, se sentía nostálgica y cantaba canciones de su tierra en que hablaba de ríos, de bosques y de estepas, y también de amor. Era el comienzo de la noche, y sólo veía su sombra, y ella la mía. Empezó a cantar. Mientras lo hacía, levanté a su alrededor una cabaña capaz de resistir el viento de la noche, con hogar encendido y lecho de pieles de foca y de oso blanco, y la piedra en que Lénutchka cantaba quedó precisamente junto a la puerta, de modo que las llamas del hogar le alumbraban, a ráfagas, la cara. Ya le había oído otras veces aquella balada de Boris Godunov, con letra y música antiguas: las venturas y desdichas del zar violento y las trapacerías del supuesto Dmitri: me gustaba la voz de violoncello con que Lénutchka cantaba, y, para oírla mejor, me senté cerca de ella, en la esquina del lecho. Al terminar, le había caído el cabello encima de la cara, y le resbaló la balalaika hasta caer al suelo con un sonido discordante. «Tengo frío», me dijo, y yo la cogí en brazos y la acosté bajo la piel del oso. «Me acuerdo de mis amigos, y de aquel bar en que nos reuníamos al salir de la universidad. Venía con nosotros, casi siempre, el profesor Levinka, que estaba enamorado de mí. Solía cantar también la balada de Boris: de él la aprendí. Y la pequeña Katia, y Vladimir, su novio, que se habrán casado ya, y yo no he asistido a la boda…». Me sentí responsable de haberla arrebatado a aquel mundo, que era el suyo, donde los hombres y las mujeres eran de carne y hueso, y no meras palabras. «Si quieres…», insinué; pero ella me echó el brazo por la cintura y me atrajo. «No, no, bien sabes que no. Pero, a veces, los recuerdo, y pienso si serán felices. Levinka, no, por supuesto, pero se consolará atacando con furia a los formalistas, que han muerto todos». Cerró los ojos; su brazo se aflojó poco a poco. Se lo tapé también y la dejé dormir. Fuera, corría por la llanura un viento alborotado y algunas gotas gruesas golpeaban el tejado de bálago. Me acomodé frente a las llamas, y pensé que le gustaría, al despertar, escuchar de mis labios la continuación de la novela. ¿A quién seguir? ¿A don Procopio, a Pablo, al bibliotecario, al arzobispo? Las llamas se empeñaban en formar las imágenes de dos muchachos jóvenes. ¡El Diablo me las trajo, olvidadas como estaban! Marujita y Conchita, «Las Marujitas», la hija de mi patrona en mis años de estudiante, y una amiga que también vivía allí. Les llamaban de mote «Las telefonistas», por su oficio. Marujita era muy guapa; Conchita, no tanto, y tiraba a gorda, pero, a la capa de su amiga, también la cortejaban Tenían fama de putas, las criaturitas, y por lo que supe de ellas, la merecían. Se me fundió el recuerdo con el de otra pareja, éstas hermanas, que andaban a la caza de estudiantes novatos, y eran de mírame y no me toques, pero acabaron preñadas, decían que de un catedrático, pero no llegó a saberse a ciencia cierta, porque fueron a parir a la montaña y no se les volvió a ver por la ciudad. Unas y otras coincidieron en formar una tercera pareja, la imaginaria, que se llamó en seguida de «Las Pepuchas», y eran las hijas del bonzo, Pepucha y Juanucha, con estos diminutivos que algunos pedantes corregían a la rusa, Péputchka y Juánutchka, o al menos se me ocurrió así. Las había tenido su madre, según lo convenido, después de quedar sola, y preguntado el bonzo cierta vez si no le avergonzaba que hubieran salido zorras, él respondió filosóficamente: «Cuando nacieron, su madre andaba con don Fulano, de modo que allá ellas». No sé si es una respuesta digna de la elevación moral del bonzo, pero hay que tener en cuenta que, por muy alta que fuera, también a veces descendía al santo suelo, y se apasionaba, por ejemplo, por las quinielas, a las que no jugaba, sin embargo. Me decidí, pues, a continuar la historia por aquel camino, o sea, desde el punto de vista de Las Pepuchas, o más bien de una de ellas, ya que para lo que se me iba ocurriendo la otra me estorbaba. Lénutchka dormía, y decía a veces oscuras palabras rusas, que llegaban a mí como un susurro de eñes. La contemplé largamente, antes de ponerme a trabajar, y lo hice después silencioso y a mano, contra mi costumbre, no fuera a despertarla el tecleo de la máquina. Y esto es lo que me salió aquella noche:

Gonzalo Torrente Ballester
Fragmentos de Apocalipsis


En «Fragmentos de Apocalipsis», Gonzalo Torrente Ballester nos ofrece una visión crítica, mordaz y esperpéntica de la vida y de los habitantes de Villasanta de la Estrella, ciudad que puede verse como un trasunto de la capital jacobea, a la que en 1948 había dedicado «Compostela y su ángel». Guiado por una concepción exigente y culta de la novela, el escritor, convertido en protagonista, lleva a cabo, siempre desde su conciencia creadora, una profunda reflexión sobre las posibles formas en que puede componer su obra. La alternancia de lo real y de lo mágico, el humor, la fina ironía y el erotismo desenfadado provocan un placer intelectual que no merma la diversión y el entretenimiento.

domingo, 17 de junio de 2018

que se encontraron cuando ambos estaban en el ocaso


La habitación de Merry carecía de ventana, tan solo encima de la puerta que daba al oscuro pasillo había un estrecho tragaluz. Aquello era un urinario de seis metros de longitud cuyas paredes de yeso que se desmoronaba él deseó destrozar con los puños en cuanto entró en la casa y percibió su olor. El pasillo conducía directamente a la calle a través de una puerta que no tenía ni cerradura ni picaporte ni vidrio en el doble marco. En ningún lugar de la habitación se veía un grifo o un radiador. El Sueco no podía imaginar cómo era el lavabo ni dónde estaba, y se preguntó si el pasillo haría las veces de lavabo, tanto para ella como para los vagabundos que se desviaban de la carretera o llegaban allí desde la calle Mulberry. Habría vívido mejor, muchísimo mejor, de haber sido una de las vacas de Dawn, en el cobertizo donde reunían al ganado cuando hacía muy mal tiempo, con la proximidad de sus cuerpos para calentarse y los ásperos pelajes que les crecían en invierno, y la madre de Merry, incluso cuando había cellisca, incluso en un gélido día de invierno, se levantaba antes de las seis para llevarles las balas de heno que constituían su alimento. El ganado, se decía el Sueco, no era en absoluto desdichado en aquel refugio de invierno, y pensaba en aquellos dos animales a los que llamaban «derelictos», el Conde, el gigante solitario de Dawn, y la vieja yegua Sally, cada uno de ellos con una edad que en años humanos sería de setenta o setenta y cinco, que se encontraron cuando ambos estaban en el ocaso y se hicieron inseparables, uno andaba y el otro le seguía, y hacían juntos todas las cosas que los mantendrían en buena forma y felices. Era fascinante observar sus hábitos y la vida maravillosa que llevaban. Al recordar que cuando hacía sol se tendían en el prado para calentarse el pellejo, el Sueco pensó que ojalá su hija se hubiera convertido en un animal.
No tan solo que Merry viviera en aquel cuchitril como una paria, no tan solo que fuese una fugitiva acusada de asesinato y buscada por la policía, sino también que él y Dawn fuesen la causa de todo ello rebasaba la comprensión del Sueco. ¿Cómo era posible que sus inocentes flaquezas hubieran dado como resultado aquel ser humano? Si nada de aquello hubiera sucedido, si se hubiera quedado en casa, terminado los estudios en la escuela media e ido a la universidad habría habido problemas, por supuesto, grandes problemas. La muchacha fue precoz en su rebelión y habría habido problemas incluso sin una guerra en Vietnam. Podría haberse revolcado durante largo tiempo en los placeres de la resistencia y el desafío de descubrir lo desenfrenada que podía ser. Pero habría estado en casa. En casa pierdes un poco el control y no pasa nada. No experimentas el placer del placer sin adulterar, no llegas al extremo en que pierdes un poco el control con tanta frecuencia que finalmente, como es tan estimulante, decides descontrolarte a base de bien. En casa no tienes ocasión de sumirte en semejante miseria. En casa no puedes vivir con un desorden y una falta de contención absolutos. En casa existe esa enorme discrepancia entre la manera en que ella imagina que es el mundo y la manera en que el mundo es para ella. Pues bien, ya no existe esa disonancia para trastornar su equilibrio. Aquí están sus fantasías rimrockianas, y la culminación es espantosa.
El tiempo había configurado trágicamente el desastre de los Levov…, no habían pasado suficiente tiempo con ella. Cuando estaba bajo su tutela, cuando vivían juntos, podrían haberse relacionado más. De haber tenido un contacto continuo con su hija, los aspectos equivocados, los errores de juicio que cometían ambas partes, de alguna manera, por medio de ese contacto regular y paciente, se corrigen cada vez mejor, hasta que por fin, poco a poco, día tras día, se llega a una solución, se experimentan las satisfacciones ordinarias de la paciencia paterna recompensada, de las cosas que se alcanzan con dificultad…, pero aquello… ¿qué solución tenía aquello? ¿Podría llevar allí a Dawn para que viera a su hija, Dawn con su nueva cara tensa y brillante y Merry sentada con las piernas cruzadas en el jergón, vestida con una sudadera andrajosa y unos pantalones deformes, calzada con chanclos de plástico negro, pacientemente sosegada tras el velo nauseabundo? Qué anchos tenía los hombros, como los suyos. Pero de aquellos hombros no colgaba nada. La persona que estaba sentada ante él no era una hija, una mujer o una muchacha. Lo que veía, enfundado en unas ropas de espantapájaros, flaco como un espantapájaros, era el símbolo de vida rural más sucinto, una imitación burlona de un ser humano, un parecido tan escaso con un Levov que solo podría haber engañado a un pájaro. ¿Podía llevar allí a Dawn? Viajar con ella por la carretera McCarter, desviarse y entrar en aquella calle, los almacenes, los cascotes, la basura, los desechos…, para que Dawn viera y oliera la habitación, tocara sus paredes, y no digamos el cuerpo sin lavar, el cabello brutalmente cortado y sucio…
Se arrodilló para leer las fichas colocadas de la misma manera que las veneradas fotos de revista de Audrey Hepburn fijadas sobre su cama de Old Rimrock.
Renuncio a matar a toda clase de seres vivos, tanto si son sutiles como voluminosos, tanto si se mueven como si carecen de movimiento.
Renuncio a todas las corrupciones de la falsedad verbal surgidas de la cólera, la codicia, el temor o el júbilo. Renuncio a tomar cuanto no me sea dado, tanto si es en un pueblo como en una ciudad o un bosque, tanto si es poco o mucho, pequeño o grande, tanto si se trata de seres vivos como de objetos inertes.
Renuncio a todos los placeres sexuales, ya sea con dioses, hombres o animales.
Renuncio a todas las ataduras, pocas o muchas, pequeñas o grandes, con seres vivos u objetos inertes. No formaré tales ataduras ni seré la causa de que otros las formen ni consentiré que lo hagan.

Philip Roth
Pastoral americana
Trilogía americana
Seymour Levov, modelo a seguir por todos los muchachos judíos de New Jersey, gran atleta y mejor hijo, sólido heredero de la fábrica de guantes que su padre levantó desde la nada, ha rebasado la mitad del siglo XX sin conflictos que puedan estropear su dorada Arcadia, una vida placentera que comparte con su mujer Dawn, ex Miss New Jersey, y con su hija Meredith. Y es en este preciso momento, con su vida convertida en un eterno día de Acción de Gracias en el que todo el mundo come lo mismo, se comporta de la misma manera y carece de religión, cuando el Sueco Levov verá derrumbarse estrepitosamente todo lo que le rodea. Pastoral americana es un relato lúcido que pone en tela de juicio los valores de la sociedad norteamericana y su capacidad de permanencia durante el conflicto final de los felices sesenta, con la intervención estadounidense en la guerra de Vietnam como telón de fondo. En la actual literatura norteamericana está Philip Roth y, después, todos los demás. Chicago Tribune.

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