miércoles, 16 de mayo de 2018

—¡Qué simpático! —dijo—. Es curioso que los de su clase suelan ser más simpáticos que las personas con la cabeza en su sitio.

—¿Desea algo de la tienda, señor?
Wayne miró desconcertado a su alrededor. Vio entonces un rimero de latas de piña troceada y agitó su bastón apuntando más o menos hacia el rimero.
—Sí —dijo—, me llevo todo eso.
—¿Todo, señor? —dijo el bodeguero con muy acrecentado interés.
—Sí, sí, todo —contestó Wayne todavía un poco aturdido, como si le acabasen de echar un jarro de agua fría.
—Como usted mande, señor. Muchas gracias, señor —dijo obsequioso el bodeguero—. Puede usted contar con mi patriotismo, señor.
—Ya contaba con él —dijo Wayne, y salió a la noche cada vez más cerrada.
El bodeguero volvió a colocar el cajón de dátiles en su sitio.
—¡Qué simpático! —dijo—. Es curioso que los de su clase suelan ser más simpáticos que las personas con la cabeza en su sitio.
Para entonces, Adam Wayne, mostrando claros signos de vacilación, ya se hallaba ante la puerta de la flamante botica.
—Mi flaqueza —musitó—. El miedo a esta tienda mágica me posee desde que soy niño. El bodeguero es rico, romántico, poético en el mejor de los sentidos, pero no hay en él nada sobrenatural. En cambio, ¡el boticario! Todas las otras tiendas quedan en Notting Hill, pero ésta se localiza en el País de los Duendes. ¡Ah, sus vasijas de colores incandescentes! En ellas hubo de inspirarse Dios para pintar los ocasos. Son más que humanas, y lo que es más que humano resulta todavía más misterioso cuando es de provecho. Allí está la raíz del temor a Dios. Tengo miedo. Pero he de portarme como un hombre y entrar.
Y, como era un hombre, entró. Detrás del mostrador había un tipo bajo y moreno con gafas, que lo recibió con una sonrisa espléndida pero enteramente comercial.
—Una tarde estupenda, señor —dijo el boticario.
—Estupenda, sin duda, misterioso Padre —dijo Adam extendiendo ligeramente sus manos hacia adelante—. En una noche tan clara y apacible como ésta es cuando su establecimiento se manifiesta mejor. En una noche así relucen con más perfección esas lunas verdes, doradas y carmesíes que desde la lejanía guían al peregrino dolorido y enfermo hacia esta casa de benigna brujería.
—¿Le puedo servir en algo? —preguntó el boticario.
—Vamos a ver —respondió Wayne en tono amistoso pero indeciso—. Déme un poco de salipirina, si es tan amable.
—¿Una botella de ocho peniques, de diez o de dieciséis? —dijo afablemente el joven boticario.
—De dieciséis, de dieciséis —contestó Wayne con desesperado sometimiento—. Estoy aquí, Mr. Bowles, para formularle una pregunta terrible.
Wayne hizo una pausa y se sosegó, diciendo para sí: «Hay que tener tacto y adecuar el llamamiento a cada profesión».
—Estoy aquí —continuó en voz alta— para formularle una pregunta que llega a las raíces de sus milagrosos instrumentos. Dígame, Mr. Bowles, ¿vamos a permitir que esta magia se desvanezca? —y recorrió con su bastón toda la tienda.
Al no encontrar respuesta, siguió con vivacidad:
—En Notting Hill hemos sentido hasta la médula el mágico misterio de su profesión. Y ahora Notting Hill vive amenazada.
—¿Desea algo más, señor? —preguntó el boticario.
—Pues —dijo Wayne—, pues, ¿qué expende una botica? Quinina, creo. Gracias. ¿Vamos a permitir que todo esto se destruya? He conocido a los hombres de Bayswater y North Kensington, y todos ellos, Mr. Bowles, son materialistas. No aprecian la menor magia en su trabajo, ni siquiera cuando les concierne de forma directa. Creen que el boticario es un ser cualquiera. Lo consideran humano.
Pareció que el boticario hacía una pausa, muy breve, para encajar el insulto, y sin más demora dijo:
—Dígame si se le ofrece algo más, por favor.

G. K. Chesterton
El Napoleón de Notting Hill


Érase un hombre prolífico como pocos con la pluma, moralista, cultivador del nonsens, mordaz, paradójico radical, juguetón, polemista infatigable, ferviente defensor de la familia, la iglesia y el pub y enemigo acérrimo de burócratas, hombres de negocios, políticos y filántropos, que fuera denostado por algunos (en términos poco literarios) y por muchos ensalzado (sobre todo en términos literarios). Un elogio de la locura formulado desde la irrisión, la acritud y el disparate puro y simple, aunque, valga la paradoja, no sin sentido.

martes, 15 de mayo de 2018

EL RÍO

EL RÍO
Tú eres, ligero río,
el que miro de lejos, en ese continente que rompió
con la tierra.
Desde esta inmensa llanura donde el cielo aboveda
a la frente y cerrado brilla puro, sin amor, yo diviso
aquel cielo ligero, viajador, que bogaba
sobre ti, río tranquilo que arrojabas hermosas
a las nubes en el mar, desde un seno encendido.
Desde esta lisa tierra esteparia veo la curva
de los dulces naranjos. Allí libre la palma,
el albérchigo, allí la vid madura,
allí el limonero que sorbe al sol su jugo agraz en la mañana virgen:
allí el árbol celoso que al humano rehúsa su flor, carne sólo,
magnolio dulce, que te delatas siempre
por el sentido que de ti se enajena.
Allí el río corría, no azul, no verde o rosa, no amarillo, río ebrio,
río que matinal atravesaste mi ciudad inocente,
ciñéndola con una guirnalda temprana, para acabar desciñéndola,
dejándola desnuda y tan confusa al borde de la verde montaña,
donde siempre virginal ahora fulge, inmarchita en el eterno día.
Tú, río hermoso que luego, más liviano que nunca,
entre bosques felices
corrías hacia valles no pisados por la planta del hombre.
Río que nunca fuiste suma de tristes lágrimas,
sino acaso rocío milagroso que una mano reúne.
Yo te veo gozoso todavía allá en la tierra que nunca fue del todo separada de estos límites en que habito.
Mira a los hombres, perseguidos no por tus aves,
no por el cántico de que el humano olvidóse por siempre.
Escuchándoos estoy, pájaros imperiosos,
que exigís al desnudo una planta ligera,
desde vuestras reales ramas estremecidas,
mientras el sol melodioso templa dulce las ondas
como rubias espaldas, de ese río extasiado.
Ligeros árboles, maravillosos céspedes silenciosos,
blandos lechos tremendos en el país sin noche,
crepusculares velos que dulcemente afligidos
desde el poniente envían un adiós sin tristeza.
Oyendo estoy a la espuma como garganta quejarse.
Volved, sonad, guijas que al agua en lira convertís.
Cantad eternamente sin nunca hallar el mar.
Y oigan los hombres con menguada tristeza
el son divino. ¡Oh río que como luz hoy veo,
que como brazo hoy veo de amor que a mí me llama!

Vicente Aleixandre
Sombra del paraíso

Coincide la crítica en ver Sombra del paraíso como un libro de gran belleza, tendente a reflejar un mundo soñado que ansía lo puro y elemental, evocando a través de los recuerdos infantiles una suerte del alba del universo. Mágico edén donde el poeta vivió ahora "recuerda sin saberlo", dijo de él su propio autor en una muy usada carta a su amigo y crítico Dámaso Alonso. Perturbador de tan radiante sueño, el hombre, que debería ser armónico elemento, deviene mancha impura. Y el amor pasa idealizando la belleza sensual, entre seres desnudos que gozaron la irreal ventura, dejando triste espuma como estela de la gloria perdida.

lunes, 14 de mayo de 2018

El que deliberadamente emprende la búsqueda de la aventura no sale sino a recoger cáscaras vacías, a menos, en efecto, que sea un elegido de los dioses y grande entre los héroes, como aquel excelentísimo caballero Don Quijote de la Mancha.

Estaba escrito que allí, en el jardín de infancia de nuestros antepasados navegantes, habría de dar los primeros pasos en mi oficio y crecer en el amor al mar, ciego como a menudo son los amores de juventud, pero absorbente y desinteresado como debe ser todo amor verdadero. No le exigía nada, ni tan siquiera aventura. En esto demostraba, quizá, más sabiduría intuitiva que elevada abnegación. A nadie se le ha presentado nunca una aventura por invocarla. El que deliberadamente emprende la búsqueda de la aventura no sale sino a recoger cáscaras vacías, a menos, en efecto, que sea un elegido de los dioses y grande entre los héroes, como aquel excelentísimo caballero Don Quijote de la Mancha. Nosotros, comunes mortales con un alma mediocre que no desea sino tomar a malvados gigantes por honrados molinos de viento, recibimos las aventuras como a ángeles visitantes. Pillan desprevenida a nuestra complacencia. Como suele ocurrir con los huéspedes inesperados, llegan con frecuencia en momentos inoportunos. Y nos alegramos de dejarlas pasar sin reconocerlas, sin el menor agradecimiento por tan alto favor. Después de muchos años, al volver la vista atrás desde la curva que hay en medio del camino de la vida, hacia los acontecimientos del pasado, que, como una muchedumbre amistosa, parecen mirar tristemente cómo nos apresuramos hacia la costa cimeria, logramos ver, aquí y allá, entre la gris multitud, alguna figura que destella con débil resplandor, como si hubiera acaparado toda la luz de nuestro cielo ya crepuscular. Y por este destello podemos reconocer los rostros de nuestras verdaderas aventuras, de los inesperados huéspedes recibidos un día imprevistamente en nuestra juventud.
Si el Mediterráneo, la venerable (y a veces espantosamente malhumorada) nodriza de todos los navegantes, iba a mecer mi mocedad, la provisión de la cuna necesaria para esa operación fue encomendada por el Destino a la más azarosa reunión de jóvenes irresponsables (todos, sin embargo, mayores que yo) que, como ebrios de sol provenzal, malgastaban la vida con jovial ligereza según el modelo de la Histoire des Treize de Balzac, calificada, tras un guión, de novela de cape et d’épée. (EL «TREMOLINO»)

Joseph Conrad
El espejo del mar
Recuerdos e impresiones

Las crónicas que conforman este libro repasan las vivencias marítimas de Conrad, primero como marinero en Francia y más adelante en la marina mercante británica. Estos textos componen un vivísimo retrato de la relación entre el hombre y el mar en una época en que la llegada del vapor supuso el fin de la hegemonía de los barcos de vela. Considerado como el cruce entre un cantar de gesta sobre la navegación a vela y la biblia del oleaje. El espejo del mar es la insuperable reminiscencia de una forma de vida y una obra imprescindible para comprender a su autor.
«Todo el libro es Conrad cien por cien, y, además, el mejor Conrad, el que sabía dibujar un hecho del mar con la más perfecta forma literaria, y el que sabía ilustrar un acontecimiento narrativo con la más acertada imagen marinera». (Juan Benet).

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