—No. Hizo un par de comentarios incisivos a propósito de Cheesewright, con los que estuve completamente de acuerdo, y salió en dirección al huerto. Y yo también me fui, andando, como bien puede imaginar, en el aire. Detesto la moderna tendencia a utilizar términos de jerga, pero no me avergüenza confesar que iba exclamando para mis adentros «¡Yuppi!» Discúlpeme, Wooster, pero ahora debo dejarlo. No puedo quedarme quieto.
Y con estas palabras salió dando cabriolas como un potrillo, dejándome que afrontara a solas la nueva situación.
La afronté con una meditabunda sensación de peligro. Y si ustedes se preguntan «Pero ¿por qué, Wooster? ¿Acaso la situación no es inofensiva? ¿Qué importa si el casamiento de Cheesewright y la chica ha sido cancelado, desde el momento en que tenemos aquí a Percy Gorringe, anhelante y preparado para asumir la carga del hombre blanco?», yo les contesto. «Ah, pero ustedes no han visto a Percy Gorringe». Quiero decir que no me imaginaba a Florence, por despechada que estuviera, aceptando las atenciones de un hombre que voluntariamente lucía patillas y escribía poemas acerca de crepúsculos. Me parecía mucho más probable que, viéndose nuevamente en libertad, se volviera una vez más hacia lo ya conocido y experimentado, a saber, el pobre Bertram. Era lo que había hecho antes, y estas cosas tienden a convertirse en hábito.
Por más que me esforzaba, no lograba imaginar qué podía haber causado esta repentina espantada por parte de Stilton. La cosa carecía de sentido. La última vez que lo vi, recordarán, mostraba todas las señales características de una persona para quien el amor ha tejido sus sedosos lazos. Todas y cada una de las palabras que había pronunciado en nuestra charla de despedida lo indicaban a las claras, más allá de cualquier duda o especulación. Después de todo, caramba, uno no va diciendo a las personas que les romperá la espalda en cuatro sitios si se les ocurre merodear en torno del objeto adorado a no ser que uno experimente algo más que un encaprichamiento pasajero por la muchacha en cuestión.
Pero entonces, ¿qué había ocurrido para que se oscureciera la lámpara del amor y todas esas cosas?
P. G. Wodehouse
Jeeves y el espíritu feudal
Jeeves - 6
Cuando Bertie Wooster va a pasar unos días con su tía Dahlia en Brinkley Court y se encuentra de súbito prometido a la imperiosa Lady Florence Craye, la amenaza del desastre se cierne sobre todo y todos. Y mientras Florence se dedica a cultivar el espíritu de Bertie, su anterior novio, el fornido ex policía «Stilton» Cheesewright, amenaza con reducir su cuerpo a papilla y el nuevo admirador de Florence, el quejicoso poeta Percy Gorringe, trata de sablearle mil libras. Para colmo, Bertie ha incurrido en la desaprobación de Jeeves por dejarse bigote. Añádanse a esto un collar de perlas desaparecido, la revista de tía Dahlia Miladys Boudoir, su cocinero Anatole, el campeonato de dardos del Club de los Zánganos, el señor L.G. Trotter y esposa, de Liverpool, y se tendrán todos los ingredientes de una divertidísima novela de Wodehouse.
Y con estas palabras salió dando cabriolas como un potrillo, dejándome que afrontara a solas la nueva situación.
La afronté con una meditabunda sensación de peligro. Y si ustedes se preguntan «Pero ¿por qué, Wooster? ¿Acaso la situación no es inofensiva? ¿Qué importa si el casamiento de Cheesewright y la chica ha sido cancelado, desde el momento en que tenemos aquí a Percy Gorringe, anhelante y preparado para asumir la carga del hombre blanco?», yo les contesto. «Ah, pero ustedes no han visto a Percy Gorringe». Quiero decir que no me imaginaba a Florence, por despechada que estuviera, aceptando las atenciones de un hombre que voluntariamente lucía patillas y escribía poemas acerca de crepúsculos. Me parecía mucho más probable que, viéndose nuevamente en libertad, se volviera una vez más hacia lo ya conocido y experimentado, a saber, el pobre Bertram. Era lo que había hecho antes, y estas cosas tienden a convertirse en hábito.
Por más que me esforzaba, no lograba imaginar qué podía haber causado esta repentina espantada por parte de Stilton. La cosa carecía de sentido. La última vez que lo vi, recordarán, mostraba todas las señales características de una persona para quien el amor ha tejido sus sedosos lazos. Todas y cada una de las palabras que había pronunciado en nuestra charla de despedida lo indicaban a las claras, más allá de cualquier duda o especulación. Después de todo, caramba, uno no va diciendo a las personas que les romperá la espalda en cuatro sitios si se les ocurre merodear en torno del objeto adorado a no ser que uno experimente algo más que un encaprichamiento pasajero por la muchacha en cuestión.
Pero entonces, ¿qué había ocurrido para que se oscureciera la lámpara del amor y todas esas cosas?
P. G. Wodehouse
Jeeves y el espíritu feudal
Jeeves - 6
Cuando Bertie Wooster va a pasar unos días con su tía Dahlia en Brinkley Court y se encuentra de súbito prometido a la imperiosa Lady Florence Craye, la amenaza del desastre se cierne sobre todo y todos. Y mientras Florence se dedica a cultivar el espíritu de Bertie, su anterior novio, el fornido ex policía «Stilton» Cheesewright, amenaza con reducir su cuerpo a papilla y el nuevo admirador de Florence, el quejicoso poeta Percy Gorringe, trata de sablearle mil libras. Para colmo, Bertie ha incurrido en la desaprobación de Jeeves por dejarse bigote. Añádanse a esto un collar de perlas desaparecido, la revista de tía Dahlia Miladys Boudoir, su cocinero Anatole, el campeonato de dardos del Club de los Zánganos, el señor L.G. Trotter y esposa, de Liverpool, y se tendrán todos los ingredientes de una divertidísima novela de Wodehouse.