Mostrando entradas con la etiqueta Valle-Inclán. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Valle-Inclán. Mostrar todas las entradas

martes, 25 de febrero de 2020

RECUERDOS DE MI AMISTAD CON VALLE-INCLAN POR SEBASTIAN MIRANDA

RECUERDOS DE MI AMISTAD CON VALLE-INCLAN POR SEBASTIAN MIRANDA

Hace cerca de sesenta años que, de paso por Madrid, camino de Italia, mi fraternal amigo y paisano Ramón Pérez de Ayala me presentó a don Ramón del Valle-Inclán. Fuimos a su vivienda, en el comienzo de la calle de Santa Engracia, hoy García Morato, en una casa muy cercana al palacio del conde de Adanero. Nos recibió acostado en una cama muy limpia donde se destacaba Ja impresionante y noble cabeza de don Ramón, que inclinó un poco hacia adelante para mirarnos por encima de sus gafas, extendiendo hacia nosotros su mano nervuda, con la que luego pausadamente atusó sus barbas que medio ocultaban una amplia sonrisa parejamente con sus ojos, que sonreían también. Del cuerpo no se vislumbraba el más mínimo relieve.
Desde los primeros instantes quedé cautivado por su modo de hablar suave e insinuante, sin incurrir en monotonía, porque de cuando en cuando cambiaba bruscamente de tono y de gesto, dando la sensación de que sus ojos lanzaban chispas. De todo él trascendía un señorío auténtico comprobando más tarde, cuando leí sus obras, que en ellas se reflejaba, como en un espejo, todo su espíritu.
Cuando el año once me instalé en Madrid, en un estudio con Ayala, reanudé mi relación con Valle-Inclán y fuimos amigos hasta su muerte. A pesar de sus intemperantes con muchas gentes no tuvo para mí ni una mala palabra ni un gesto agrio.
Fue siempre un hombre muy atildado y cuidadoso de su atuendo. Casi siempre vestía de negro, y en el invierno siempre envuelto en su capa.
Excepto Benavente y Ayala, a quienes estimaba mucho, prefería reunirse habitualmente con pintores y escultores rehuyendo el trato con sus compañeros de profesión. Sobradamente conocido es el primer encuentro que tuvo con don Miguel de Unamuno, que a los veinticinco pasos que anduvieron juntos se separaron para no volver a hablarse en muchos años.
A Benavente le tenía verdadero afecto salvándole en cierta ocasión de un gran apuro gracias a su decisión y valentía.
Una especie de chulo y matoncete pretendió sacarle dinero a don Jacinto valiéndose del chantaje, y sabedor de la intervención de Valle se encaró con éste diciéndole:
—Yo soy de Vallecas—. A lo que sin inmutarse lo más mínimo le contestó:
—Yo soy Valle-Inclán y si desde este mismo instante no dejas de importunar a don Jacinto te abro en canal.
Ignoro si cobró miedo al verle tan decidido, pero el caso fue que no volvió a aparecer.
Escribía entonces Ayala crítica de teatros y tuvo la inoportunidad de comentar con algún elogio en un artículo la actuación de un hijo de Fernando Díaz de Mendoza. Digo la inoportunidad porque precisamente era la época en que don Ramón había reñido con el famoso actor.
Valle le escribió una carta conminatoria a Ayala, pidiéndole rectificase aquel benévolo juicio o se vería obligado a publicar dicha carta en la prensa. Ramón se abstuvo de contestar y Valle-Inclán la publicó y estuvieron unos meses sin hablarse. Me costó Dios y ayuda reconciliarles, hallando la mayor oposición de la parte de Valle, pero Ramón no le daba al caso ninguna importancia, riendo más bien de este pueril enfado.
Tuve que renunciar durante algún tiempo a las deliciosas sobremesas en las que don Ramón llevaba siempre la voz cantante, ni podíamos ir juntos a los toros, ni hacer excursiones a los pueblos cercanos a Madrid.
Pero, al fin, a fuerza de piadosas mentiras, conseguí que hicieran las paces. Preparé un viaje a Toledo llevando el almuerzo y situándonos cerca de la Virgen del Valle, ponderando todos el maravilloso espectáculo. Sorprendidos de que don Ramón permaneciese callado le dije: «¿Es que a usted no le gusta este paisaje»?
«Absolutamente nada. Tengo la impresión de que un día llueva fuerte y como es todo de barro se deshaga y se lo lleve el río.»
Por aquella época invitamos a comer en nuestro estudio, en la calle del Pez, a Benavente, Valle-Inclán, Tirso Escudero, don Francisco de Icaza, Palomero y no recuerdo quiénes más a la lectura de una comedia de Ayala.
No recuerdo el título, sólo vagamente su argumento, que, a mi parecer, era muy ingenioso. No llegó a estrenarse. ¿Cuál fue el motivo? No creo que sea difícil adivinar que viniendo Benavente como asesor de Tirso Escudero, empresario de la Comedia, debió aconsejarle en ese sentido. A mi parecer Tirso incurrió en un grave error y todavía mayor fue el de don Jacinto. Ayala gozaba ya de un enorme prestigio y aun dando por seguro que su obra resultase un fracaso, hubiera sido uno de tantos. Respecto a Benavente, aunque en realidad le hubiese parecido mal, obró torpemente aconsejándole a don Tirso que no la estrenase. No me atrevo a suponer que este proceder poco político de don Jacinto haya podido influir ni poco ni mucho en el ánimo de Ayala al enjuiciar sus obras. El me lo negó siempre. Pero de lo que no hay duda es que sus críticas menoscabaron grandemente el prestigio de don Jacinto.
Algunos años antes de esta lectura, estando Ayala en Londres de corresponsal de un diario madrileño, escribió un artículo sobre Ber- nard Shaw, diciendo que este autor era ignorado en España, y los que le conocían se lo callaban por la cuenta que les tenía, Benavente se dio por aludido y en una de sus sobremesas de «Los Lunes del Imparcial» comenzaba así una de ellas:
«Llega el joven a Londres, se entera de que existe un autor dramático del que no tenía noticias y se apresura a insinuar que aquí nos callamos por la cuenta que nos tiene».
Con todo esto quiero dejar bien sentado que a mi parecer no fue nada hábil Benavente en zaherir a Ayala y la prueba fueron las funestas consecuencias. Pese a las simpatías que a don Ramón le inspiraba Benavente, aseguraba que los únicos autores que quedarían eran los Quintero y Arniches.
Sabido es que durante la Dictadura de Primo de Rivera estuvo algún tiempo detenido don Ramón en la cárcel Modelo, en el sitio que ocupa hoy el Ministerio del Aire. El día que le pusieron en libertad fui a recogerle a la salida y le traje a mi casa. No tuvo ni una sola queja, ni un gesto de amargura contra Primo de Rivera, que le encarceló varias semanas, ya viejo y enfermo. Terminado el almuerzo v después de una larga sobremesa le pregunté a don Ramón que a dónde quería ir.
«Hacia Córdoba —me dijo—, quiero estudiar aquel ambiente para escribir un episodio sobre la guerra carlista». Al ir a emprender el camino cambió de idea, «Vaya usted hacia Toledo». Llegamos ya casi anochecido v entramos en la Venta del Aire. La dueña, muy refitolera, salió a nuestro encuentro y con mil zalamerías se dirigió a don Ramón diciéndole:
— ¡Oh, señor marqués; bien venido sea el señor marqués! ¿Qué va usted a tomar?
Valle, que se dio cuenta en seguida que lo había confundido con el marqués de Vega Inclán, se amoscó un tanto, pero conteniéndose le dijo:
—¿Y qué tiene usted?
—Hay de todo lo que le apetezca al señor marqués. ¿Le parece bien una sopita, un huevecito?
Agotada su paciencia la interrumpió:
—Señora, pluralice; se dice siempre un par de guantes, un par de botas, un par de huevos...
Yo le oí contar varías veces la famosa aventura tan conocida cuando llegó por primera vez a Méjico y al desembarcar en Vera Cruz leyó en un diario que todos los gachupines, desde Hernán Cortés al último desembarcado, eran unos entes indeseables.
Presa de furor se dirigió a la redacción del periódico, exigió la presencia del director y en vista de que no estaba, insultó y abofeteó a uno de los redactores diciéndole que él era el último español que había entrado allí y que, por tanto, exigía una inmediata rectificación de aquellas ofensas. Reaccionaron aquellos periodistas y le arrojaron por un balcón del piso bajo a la calle. Como hubiere perdido el sombrero en la refriega y, ante el asombro de todos, volvió a entrar, y al referir este trance me decía: «Y di un salto tan de tigre, tan de pantera, que se acoquinaron y prometieron rectifican».
Fui con Ayala a visitarle en una ocasión que se hallaba enfermo. Nos recibió Josefina, su señora, que por cierto nos enseñó un retrato de María Guerrero, cuya dedicatoria decía: «Al más genial embustero que he conocido en mi vida». Pasamos a la habitación donde, todo mustio, nos contó que los médicos ignoraban lo que tenía. Ayala le dijo: «¿Quiere usted que le vea Marañón?» Se opuso en un principio, pero al fin cedió. Gregorio le recetó unas píldoras y a los pocos días volvimos a visitarle encontrándole muy repuesto. «Vaya, don Ramón, parece que Gregorio acertó con su dolencia» —le dije—. «No he tomado nada de lo que me recetó. Todas las píldoras las fui tirando debajo de la cama». «Mentira —le dijo indignada Josefina—, se las tomó todas y me pidió que le trajésemos otro frasco».
No recuerdo si referí ya que en cierta ocasión fuimos un grupo de amigos a cenar al frontón Jay Alai. Comentando su reciente salida de la cárcel comentó: «Tengo ganas de encontrarme con Primo de Rivera y Martínez Anido, para darles una patada...». Entramos en el restaurante, y en una mesita pegada a la pared, al lado de una grande, donde nos acomodaron, estaba Primo de Rivera y Martínez Anido. «¡Santo Dios! —pensé para mí—. La que se va a armar. De aquí nos llevan a todos a la cárcel.»
A nuestro paso, el presidente nos dirigió una mirada noble y sonriente e insinuó un leve gesto de saludo. Apenas pude probar bocado; tal era mi pavor. Hubo unos instantes, cuando se levantaron Primo de Rivera y Martínez Anido, que me dijo: «Ahora va a ser ello». Pero, felizmente, Valle no se movió. Sonreía lanzando al aire el humo de su cigarrillo. Renació la tranquilidad. A la salida le dije sonriendo a don Ramón: «¿No decía que tenía ganas de encontrarles? Bien cerca los tuvo usted, don Ramón.» «Había muy poca gente. Si hubiera sido en el Real, pero ¿se han dado ustedes cuenta del miedo que ha pasado el pobre Sebastián?»
Aunque ha sido muy divulgada, no quiero dejar de mencionar una autobiografía que se publicó en el semanario madrileño Alma Española, y es ésta: «Este que veis aquí, de rostro español y quevedesco, de negra guedeja y luenga barba, soy yo: don Ramón del Valle-Inclán.
» Estuvo el comienzo de mi vida lleno de riesgos y azares. Fui hermano converso en un monasterio de cartujos y soldado en tierras de la Nueva España. Una vida como la de aquellos segundones hidalgos que se enganchaban en los tercios de Italia por buscar lances de amor, de espada y de fortuna. Como los capitanes de entonces, tengo una divisa, y esa divisa es como yo, orgullosa y resignada: «Desdeñar a los demás y no amargarse a sí mismo».
» Hoy marchitas ya las juveniles flores, y moribundos todos los entusiasmos, divierto penas y desengaños, comentando las memorias amables, que empezó a escribir en la emigración mi noble tío el marqués de Bradomín. ¡Aquel viejo cínico, descreído y galante como un cardenal del Renacimiento! Yo, que en buena hora lo diga, jamás sentí el amor de la familia, lloro muchas veces de admiración y ternura sobre el manuscrito de las memorias.
» Todos los años, el día de difuntos, mando decir misas por el alma de aquel gran señor, que era feo, católico y sentimental. Cabalmente yo también lo soy y esta semejanza todavía le hace más caro a mi corazón.
» Apenas cumplí la edad que se llama juventud, como final a unos amores desgraciados, me embarqué para México en «La Dalila», una fragata que al siguiente viaje naufragó en las costas de Yucatán. Por aquel entonces era yo algo poeta, con ninguna experiencia y harta novelería en la cabeza. Creía de buena fe en muchas cosas que ahora pongo en duda, y libre de escepticismos, dábame buena prisa a gozar de la existencia. Aunque no lo confesase, y, acaso sin saberlo, era feliz: soñaba realizar altas empresas como un aventurero de otros tiempos y despreciaba las glorias literarias. A bordo de «La Dalila» —lo recuerdo con orgullo—asesiné a Sir Roberto Jones. Fue una venganza digna de Benvenuto Cellini. Os diré cómo fue, aun cuando sois incapaces de comprender su belleza: pero mejor será que no os lo diga, seríais capaces de horrorizaros. Básteos saber que a bordo de «La Dalila» solamente el capellán sospechó de mí. Yo lo adiviné a tiempo y confesándome con él pocas horas después de cometido el crimen, le impuse silencio antes de que sus sospechas se convirtiesen en certeza, y obtuve además la absolución de mi crimen y la tranquilidad de mi conciencia.
»Aquel mismo día la fragata dio fondo en aguas de Vera Cruz y desembarqué en aquella playa abrasada, donde desembarcaron, antes que pueblo alguno de la vieja Europa, los aventureros españoles. La ciudad que fundaron y a la que dieron abolengo de valentía, despejábase en el mar quieto y de plomo, como si mirase fascinada la ruta que trajeron los hombres blancos.
«Confieso que en tal momento sentí levantarse en mi alma de hidalgo y de cristiano el rumor augusto de la Historia. Uno de mis antepasados, Gonzalo de Sandoval, había fundado en aquellas tierras el reino de la Nueva Galicia. Yo, siguiendo los impulsos de una vida errante, iba a perderme, como él, en la vastedad del viejo imperio azteca, imperio de historia desconocida sepultada para siempre con la momia de sus reyes, entre restos ciclópeos que hablan de civilizaciones, de cultos, de razas que fueron y sólo tienen par en ese misterioso cuanto remoto Oriente,
Después abrid, Santillana,
un paréntesis aquí
y poned en él de mí
cuanto en él os diere gana.»
También es curiosa una nota oficiosa que salió durante la Dictadura motivada por la publicación de uno de sus primeros esperpentos llamado La hija del capitán, y que el directorio militar ordenó poner fuera de la circulación. «Si será malo—comentaba uno del régimen—, que el mismo autor lo llama esperpento»; la nota reza así: «La Dirección General de Seguridad, cumpliendo órdenes del Gobierno, ha dispuesto la recogida de un folleto, que pretende ser novela, titulado La hija del capitán, cuya publicación califica su autor de esperpento, no habiendo en aquél ningún renglón que no hiera el buen gusto ni omita denigrar a clases respetabilísimas a través de la más absurda de las fábulas. Si pudiera darse a la luz pública algún trozo del mencionado folleto sería suficiente para poner de manifiesto que la determinación gubernativa no está inspirada en un criterio estrecho o intolerable y sí exclusivamente en el de impedir la circulación de aquellos escritos que sólo pueden alcanzar el resultado de prostituir el gusto, atentando a las buenas costumbres.»
Cuando vino la Republica le nombraron «Gobernador general del Patrimonio Artístico de España». Un sector de la opinión le propuso convertir los palacios de Aranjuez, El Escorial, La Granja, El Pardo e incluso el Palacio Real de Oriente, así como los Alcázares de Toledo y Segovia, en sanatorios y colegios.
Muy cuerdamente declaró don Ramón en una nota a la prensa lo siguiente: «Convertir los que fueron reales sitios en asilos, cantinas escolares, reformatorios y hospicios, constituiría una barbaridad sólo comparable con la que se cometió en tiempos de Mendizábal transformando las iglesias en cuarteles. Si los palacios están llamados a convertirse en instituciones de caridad, mi ánimo se consterna, porque esto me parece un utilitarismo más repugnante que la furia destructora de Atila. Un Atila llorón y humanitario, dedicado a las obras de misericordia».
Tropezó en su cargo con tantas dificultades que presentó inmediatamente su dimisión.
Poco tiempo después me lo encontré cerca del sanatorio de la Cruz Roja, en la avenida Reina Victoria, arrimado a un árbol y con la capa caída. Me fui en seguida hacia él: «Pero don Ramón, ¿qué le pasa a usted?».
—«Voy a las escaleras del metro a pedir limosna.»
- «No diga usted insensateces. Precisamente iba en busca suya porque mañana vienen a cenar los amigos de siempre y desearíamos todos que usted nos acompañase.»
—«¿A qué hora es la cena?»
—«A las nueve.»
—«Bien, a las siete me abren en canal, pero a las nueve estaré en su casa sin falta.»
Le llevé a su domicilio y telefoneé a un amigo mío refiriéndole la penosa escena. Al día siguiente me llamó éste para que me informase acerca de don Ramón, cuáles eran sus deseos.
—«Que me nombren conservador del paisaje—me dijo—.»
En un principio no me di cuenta del alcance ni de lo que podía significar aquello, pero cuando se lo dije a mi amigo se echó las manos a la cabeza y decidieron entonces nombrarle director de la Academia de España en Roma.
Poco tiempo después estuve allí con mi mujer, y un gran amigo mío, diplomático, nos refirió las cosas más graciosas y peregrinas que se le ocurrieron durante su dirección.
Ya antes de salir hacia Roma se fue al ministerio para que le adelantasen algún dinero para el viaje. Le contestaron que allí, en Roma, se lo pagarían, y exclamó don Ramón: «¡Entonces tendrán
que facturarme en gran velocidad y a porte debido porque no dispongo de un céntimo.»
Cuando tomó posesión de su nuevo puesto de director de la Academia de Bellas Artes de Roma le sorprendió la carencia casi absoluta de muebles. Durante el régimen anterior a la Dictadura no se habían preocupado de decorarlo y amueblarlo como convenía.
A los pocos días tuvo que recibir una visita y, señalando la única silla que había en el aposento, le dijo al visitante: «Siéntese usted, pues como por mis venas corre sangre mora, puedo sentarme perfectamente sobre mi capa.»
El Gobierno español le autorizó para que adquiriese un coche como correspondía al director de la Academia de Bellas Artes en Roma. Uno de los vendedores le presentó varios modelos, pero al mismo tiempo se informó sobre Valle-Inclán, diciéndole que era uno de los más extraordinarios aristócratas españoles. Le trató entonces el vendedor con toda deferencia, llamándole excelencia y, finalmente, concluyeron el trato. Al firmar y ver que sólo decía Ramón del Valle-Inclán, le dijo: «No ignoro que en la República han anulado todos los títulos nobiliarios, pero quiere usted ser tan amable de firmar también con su título.» Don Ramón contestó: «Pues si señor, soy el marqués de Bradomín.»
En uno de los restaurantes que visitó le dieron a firmar en un libro de honor. Antes de ello ojeó algunas firmas y encontró la del famoso caballista Antonio Cañero. Entonces, don Ramón, muy indignado, dijo que él no firmaba mientras no quitasen el nombre del famoso rejoneador. Quisieron indagar el motivo y respondió: «Porque el mejor caballista de España soy yo y Cañero el peor de mis discípulos.» El dueño del restaurante, por complacerle, quitó aquella hoja y entonces Valle-Inclán firmó.
De don Ramón se han hecho tantas semejanzas que no estoy cierto cuáles son las más sintéticas y acertadas. Una de ellas dice:
Valle Inclán, el hombre más altanero del mundo, con nadie se confiesa, nunca declara su secreto sentir. Hombre más que violento, explosivo, siempre está sobre aviso, incluso cuando estalla, quisiera poder decir: sobre todo cuando estalla... Hay un Valle-Inclán colérico y otro maldiciente; hay un Valle-Inclán arriscado, temerario, y otro piadoso y recoleto... Detrás de esos personajes se oculta un hombre indomable, que no solicita la simpatía ajena exhibiendo desnudo su corazón.
Este es el tipo exaltado, impresionante, que Valle-Inclán alimenta con sus más robustas energías; acaso sea el Valle-Inclán de la historia o de la leyenda. Es probable que Valle-Inclán esté destinado a soportar una desfiguración popular, grosera y que dure en la memoria del vulgo como un carácter terrible, agrio. ¿No padece Quevedo una reputación de procaz deslenguado? Pero al hombre dulce e infantil, huidizo y modesto, al cultivador galaico que vive secretamente aherrojado por el personaje fabuloso de Valle-Inclán, un destino casi sobrehumano le pesaría.
Rubén Darío le dedicó muchas composiciones. La más conocida es el siguiente famoso soneto:
Este gran don Ramón de las barbas de chivo
cuya sonrisa es la flor de su figura
parece un viejo Dios altanero y esquivo
que se animase en la frialdad de su escultura.
El cobre de sus ojos por instante fulgura
y da una llama roja tras un ramo de olivo.
Tengo la sensación de que siento y que vivo
a su lado una vida más intensa y más dura.
Este gran don Ramón del Vallc-lnclán me inquieta
y a través del zodíaco de sus versos actuales
se me esfuma en radiosas visiones de poeta
o se me rompe en un fracaso de cristales.
Yo le he visto arrancarse del pecho la saeta
que le lanzan los siete pecados capitales.
De una conferencia que leyó en Buenos Aires el año 1910, titulada «El arte de escribir», hay algunos párrafos que me parecen de gran interés; dice: «El arte de escribir es un largo y penoso aprendizaje con dos caras: el aprendizaje para ver lo que todas las cosas tienen de bello y el aprendizaje para expresar.»
«Uno y otro deben hacerse unidos, porque así como la rima por misteriosa asociación despierta ideal, así también la cosa de la sonancia, de las consonancias y de las repeticiones de un vocablo parece que alumbra y aviva la percepción para ver las cosas en la vida, pero mientras haya necesidad de pensar un adjetivo, de perseguir la imagen, no debe escribirse. Ha de estar hecho todo el aprendizaje antes de entregarse a la obra de arte; que la idea salga vertida sin esfuerzo; que el vestido sea parte de su esencia como la luz a la estrella. En la obra de arte no debe advertirse nunca el esfuerzo, porque no se olvide que ocultar la fuerza es doblarla. Yo puedo deciros que llené mis alforjas por los caminos de las dos Castillas. Entrando en las ventas y calentándome en las cocinas y durmiendo en los pajares. Tales fueron las universidades donde aprendí los más expresivos y sonoros vocablos y el modo de usarlos que es lo más esencial, y las imágenes y las comparaciones y los adjetivos sin antecedentes literarios. Porque la primera virtud del estilo es que se parezca al estado hablado como quería Montaigne. En el habla del labriego de Castilla está el espíritu de nuestra lengua y no en los clásicos que vivieron latinizando e italianizando.»
Uno de los mayores escándalos públicos que provocó don Ramón fue la noche del estreno de una obra de Joaquín Montaner, titulada El hijo del diablo, en el teatro Fontalba, hacia el año 1927. Era un drama en verso y la compañía que actuaba era la de Margarita Xirgu. Valle-Inclán escuchó pacientemente el primer acto, pero en el segundo sacó del bolsillo un periódico y se puso a leerlo, bien porque estaba aburrido o porque buscase un pretexto de manifestar su disconformidad con la obra. Algunos gritos de muy bien y las risas y siseos le espolearon y levantándose furioso de su butaca, que daba al callejón o pasillo central, gritó: «muy mal, muy mal».
Y empezó el escándalo. Parte del público se puso de su parte haciéndole coro. Otra prorrumpió en gritos de que se callase, escuchando voces de que se fuera. Era conocido de todo el público y el nombre de Valle-Inclán acudía a todos los labios. Se interrumpió la representación. El escándalo se agiganta. Por el pasillo del patio de butacas avanza un inspector de policía, que se dirige a don Ramón diciendo:
—«Siéntese usted y haga el favor de callarse.»
—«No me da la gana, y ¿quién es usted para importunarme?
—«Soy la autoridad.»
Y don Ramón le replica:
—«En el teatro la autoridad soy yo.»
Como arreciaba el escándalo salió lentamente del patio de butacas hacia los pasillos, siguiéndole los amigos y partidarios. Uniéronse al inspector varios agentes, que le obligaron a encaminarse a la comisaría. Cuando el comisario se enteró de lo ocurrido y reconoció a don Ramón, presintió todo el barullo y escándalo que se podría armar y las desagradables consecuencias del jaleo en las peñas literarias y en la prensa y obró como hombre cauto tratando de arreglar el asunto por las buenas.
—«Perdone usted, don Ramón, pero por el bien de todos y para evitar dimes y diretes yo le pongo a usted en libertad y aquí no ha pasado nada.»
—«No, señor comisario, usted debe cumplir con su obligación.»
—«Pues si es así —respondió el comisario—, tendremos que cumplir el trámite de tomarle declaración.»
—«Será completamente inútil, porque no pienso decir ni una palabra. Pueden ustedes darme tormento como acostumbran sus sicarios.»
Y el comisario, conciliador, le dijo:
—«Sen usted razonable, don Ramón, usted.»
Un amigo de éste intervino para disculparle:
—«Señor comisario, don Ramón, está justamente indignado, pero tenga la seguridad que no quiso molestarle a usted.»
—¿Pero a usted le parece—le dijo éste—que se puede injuriar públicamente a uno de mis subordinados, llamándole idiota?
Y contesta don Ramón:
—Eso no es un insulto, es una definición.
Volvió a intervenir el amigo apaciguador:
—Yo estaba al lado de don Ramón y no le oí decir eso. Posiblemente sus agentes están obcecados.
—No trate de negar la evidencia —dijo el comisario—. Mis agentes me han asegurado que cuando le invitaron a salir les contestó que no le daba la gana.
Terció otra vez el amigo diciendo:
—Mire usted, señor comisario, le repito que está usted confundido. Lo que pasó es que hubo mucha gente del público que increparon a don Ramón diciéndole que se fuese y él les contestó que no le daba la gana. Pero no a sus agentes.
El comisario tenía evidentes ganas de arreglar el asunto para que no trascendiese el escándalo, pero don Ramón con voz muy campanuda les dijo:
—No diga usted mentiras, mi querido amigo; a quien yo me dirigí precisamente fue al policía.
—¿Lo ve usted claro ahora? El señor Valle-Inclán reconoce el desacato a la autoridad.
A lo que don Ramón contestó:
—Me permito decirle que no sabe usted lo que se dice. Sí, señor; autoridad viene de autor y en un estreno la autoridad soy yo, porque yo soy autor, es decir, la máxima autoridad, y en este caso, o se me admite mi denuncia contra los guardias que no han dejado que la ejerciera o apelaré contra usted y sus súbditos ante el Tribunal Supremo.
Todo intento de paz fue inútil. Se envió el acta al juzgado de guardia. Lo único que consiguieron fue la libertad de don Ramón por orden de Martínez Anido, que dijo: «Si lo volvemos a encarcelar toda la prensa extranjera se volverá contra nosotros.»
Muy orondo y satisfecho se fue don Ramón acompañado de sus amigos hacia la granja del Henar, donde le tributaron una ovación a su llegada. 
Como un reguero de pólvora se extendió la noticia por todo Madrid.
Enrique de Mesa, en su crítica al día siguiente, escribía: «Al hijo del diablo», que es así como se titulaba la comedia, con un juicio adverso, expresado en alta voz, lo enterró el insigne poeta don Ramón del Valle-Inclán, que anoche en la sala del Fontalba fue el único representante de la estirpe del mozo sevillano y el más leal y ardido admirador de Zorrilla.»
La prensa se ocupó del accidente del teatro de Fontalba, que llamaban «El Panteón», por la cantidad de fracasos de todas las compañías que allí actuaban. Hasta el mismo gabinete de Primo de Rivera intervino publicando aquella nota oficiosa tan famosa que comenzaba diciendo: «El eximio escritor y extravagante ciudadano don Ramón María del Valle-Inclán...» Fueron todos los periodistas en masa a visitar a don Ramón para informar del alcance de su protesta. ¿Era ésta por la obra? ¿Por la interpretación o por los excesivos aplausos de la claque? Y éste contestó: «Por todo y contra todo.» Porque todo era allí desastroso. Había que afirmar el derecho de opinar airosamente, libremente contra las opiniones contrarias y ruidosas de los demás, frente al deseo de hacer del Fontalba un sitio acotado donde no se puede oír la rebeldía de una voz sincera, de una voz que no quiere unirse al sentimiento común, expreso o tácito. En realidad, lo que hice fue adelantarme a lo que iba a hacer el público; rechazar la obra. Dije en alta voz lo que pensaban muchos y lo que luego de un modo u otro acabaron por decir todos. Yo, más inteligente o más experto, o más sincero, vi en el segundo acto lo que el público vio al final de la obra.
Algunos meses después se celebró el juicio oral contra don Ramón por desobediencia y desacato a la autoridad.
La sala estaba llena de gente conocida. Célebres actrices como Irene Alba, Carmen Díaz, María Fernanda Ladrón de Guevara, Carmen Ruiz Moraga, Adela Carbone y otras muchas. Entró don Ramón en-vuelto en su capa y tomó asiento en el banquillo de los acusados. Al comenzar el proceso dijo el presidente:
—Levántese el procesado.
Don Ramón, impertérrito, contestó:
—Estoy bien así.
Se oyó una carcajada general que sacó al presidente de sus casillas.
—Procesado, levántese, se lo ordeno.
Intervino rápidamente el defensor, diciendo:
—Señor presidente, el procesado padece una crisis reumática.
Don Ramón le ataja con toda violencia:
—No, falsedades no. Yo no soy un golilla para decir embustes. No padezco de reúma. Lo que pasa es que no me parece bien levantarme.
Las risas continuaron y acrece el escándalo.
El presidente, dando puñetazos en la mesa, reclama orden.
Don Ramón continúa tranquilamente sentado. Los magistrados cuchichean entre sí. El presidente da por buena la explicación del defensor y dirigiéndose a don Ramón le pregunta:
—Procesado, ¿promete usted decir la verdad?
Valle-Inclán se pone en pie y dice:
—Yo no hago promesas; yo, o hago juramentos o no digo nada.
El presidente advierte:
—La ley dispone que el procesado prometa.
—Me da igual—reitera don Ramón—. Yo no puedo prometer. Soy católico, apostólico romano, antidinástico.
La campanilla presidencial se agita para que no se entere nadie de lo que va a decir don Ramón.
—Orden, orden, esas declaraciones son impertinentes.
—La impertinencia es interrumpirme; soy católico jaimista y es muy importante que diga que, en la guerra, mandando la división de castellanos...
—¡Orden! ¡Orden! —¡Pero déjenme seguir!
El defensor mira a don Ramón y le suplica con una mirada que se calle. Valle-Inclán lo hace y espera que cesen las risas. El presidente grita:
—Si continúan riéndose ordenaré desalojar la sala.
Por arte de birlibirloque ésta se convierte en el lugar más silencioso del mundo, pero por muy poco tiempo. Sí, porque el presidente ha preguntado:
—¿Cómo se llama usted?
Y Valle-Inclán contesta:
—¿Y usted?
La carcajada retumba en la sala; brinca la campanilla. Los magistrados exclaman «esto es intolerable»; el fiscal vocifera, las damas se ríen; la justicia está en ridículo. El presidente se desgañita:
—¡Orden, orden, señor procesado; es inadmisible su conducta!
Don Ramón, el más sereno entre todos ellos, exclama con voz insinuante:
—Pero compréndalo usted, es menos absurdo que le pregunte yo usted cómo se llama que no usted a mí. Todas esas damas que están ahí, todos esos señores que han acudido a este proceso conocen perfectamente mi nombre, y en cambio el de usted estoy seguro que no lo saben ni les interesa.
—¡Orden! ¡Orden!
El presidente pasa por alto la afiliación de Valle-Inclán, pero le pregunta:
—¿Qué profesión tiene usted?
—Coronel general de los ejércitos...
—Esa graduación no existe en el Ejército español.
—Soy coronel general de los ejércitos de Tierra Caliente.
—¿Pero qué país es ése?
—Me va a resultar muy difícil explicárselo. Si usted tuviese algunas nociones de Geografía...
Y la sala vuelve a hundirse en una carcajada general.
En resumen: que don Ramón fue condenado al pago de una multa y no hubo más.
Hacia el año 40 fui al consulado de España en París, donde residía desde algunos años atrás, para visitar al vicecónsul, don Ramón Martínez Artero. Me hicieron pasar a una sala de espera, donde había una señora de alguna edad, bastante agraciada todavía. Presumiendo por su tipo que era española, trabé conversación con ella, enterándome de que, en efecto, había nacido en Málaga, a donde no volvió desde que era chiquitilla.
Pocos instantes después entró mi amigo Artero interrumpiendo nuestro coloquio, preguntándome si éramos viejos conocidos. Le contesté que era la primera vez que había tenido el gusto de charlar con ella.
—¿Pero por lo menos estará usted enterado de quién es?
—No tengo la menor idea; sólo sé que es malagueña.
—Pues en vista de ello tengo el gusto de presentarle a su alteza real la princesa de Capurtala, de quien habrá oído usted hablar.
Gratamente sorprendido permanecí un gran rato sumido en mis recuerdos.
Es una historia muy conocida de la que don Ramón del Valle-Inclán fue el principal protagonista. Pero como desde entonces han transcurrido justamente sesenta años, muchos de mis oyentes la habrán olvidado.
Con ocasión de las bodas reales de Don Alfonso XIII con Doña Victoria de Batemberg se dieron cita en Madrid multitud de príncipes del mundo entero; por este motivo estaba en fiestas. Se inauguró el Kursal, donde actuaban Consuelo Bello «la Fornarina», Pastora Rojas «la Imperio», Antonia Merced «la Argentina», y como relleno, Las Camelias, que eran dos hermanitas que bailaban: una se llamaba Victoria y la menor de quince años, Anita Delgado. Terminada la primera parte del espectáculo, las artistas alternaban con los espectadores más asiduos para charlar, tomar unos bocadillos o beber una copa. Uno de los palcos lo ocupaban varios contertulios de la peña de Levante presidida por don Ramón y en la que figuraban los pintores Julio Romero de Torres, Anselmo Miguel Nieto, Penagos, Oroz, Ricardo Barojas y otros. Todos ellos trabaron amistad con las hermanas Camelias, quizá por ser las más humildes y desamparadas. Una de aquellas noches, Anita, la más joven, les dijo que había recibido la visita de un empleado del hotel de París pretendiendo entregarle un sobre que contenía 6.000 pesetas, con la condición de que aceptase el ir a cenar con un príncipe indio. Rechazó ésta con gran indignación aquel dinero, añadiendo que «ella era muy pobre pero muy honrá» y que por quién la había tomado aquel señor.
Era la tal Anita nacida en Málaga, hija del propietario de un establecimiento llamado «Bar de la castaña». Pero éste hizo quiebra y después de venderlo por doce mil reales se trasladó a Madrid con toda la familia, instalándose en el desván de la casa número 23 de la calle del Arco de Santa María. Una de aquellas noches el príncipe o marajá de Capurtala asiste a la función del Kursal y queda prendado del encanto e ingenuidad que emanaba de Anita, y creyendo fácil su conquista le envió las 6.000 pesetas.
El empleado del hotel se las devolvió al príncipe, refiriendo el enfado e indignación que le había causado a la joven Anita. En vez de contrariarle la actitud de la joven malagueña, le envió al día siguiente un ramo de camelias y una carta pidiéndole mil excusas y despidiéndose.
Unos días después, cuando ya se había olvidado lo que parecía un capricho pasajero, recibe Anita una carta del secretario del príncipe ofreciéndole 100.000 pesetas para pasar una temporada con él en París.
La Fornarina y Pastora y otros de la peña de Levante le aconsejan que acepte, pero interviene Valle-Inclán y dice:
En efecto, cien mil pesetas es una cantidad respetable, pero si nos damos cuenta de las fabulosas riquezas de la India, es una mezquindad. Aparte de que el honor de Anita no tiene precio y yo le aconsejo que no lo acepte.
Al fin, Anita contesta:
—Dígale usted al príncipe que soy una mujer honrá y que sólo accederé si a mí me gusta, cuando me lleve de antemano al altar.
—Yo también tuve quince años, como tú, rica, y vives en las nubes. Aprovecha la ocasión, que otra como ésta no se te vuelve a presentar en la vida —le dijo la Fornarina.
Las Camelias siguieron bailando en el Kursal durante varias semanas.
Un buen día aparece un nuevo embajador indio con otro mensaje. Como está escrito en francés piden a Oroz que lo traduzca. Ei príncipe afirma que está enamorado de la más joven de las Camelias y dispuesto a hacerla su esposa. Ante tales circunstancias se reúne la peña de Levante, que patrocinaba Valle-Inclán, y acuerda que éste escriba la respuesta. Se cruzaron dos o tres cartas más y finalmente propusieron que fuese a París en compañía de su madre y del pintor Oroz. Este se niega rotundamente porque le parece que estos oficios son indignos. Interviene Valle tranquilizándole y diciéndole que tampoco él se prestaría si se tratase de un ricacho cualquiera, pero tratándose de un príncipe mahará cambia completamente, convirtiéndose en un honor, y saca a relucir ejemplos, citando los nombres más prestigiosos del Jothar. Convencióse el buen Oroz y con ellas se fue a París.
Después de una permanencia de varios meses en un colegio de Inglaterra se celebraron con gran pompa las bodas reales y Anita Delgado fue princesa de Capurtala, donde reinó y residió en la India durante muchos años, y esta fue la señora que conocí en el consulado de España en París.
Para terminar, voy a referir unas cuantas anécdotas de don Ramón.
En una de sus tertulias alguien habló de un personaje del siglo XIX, y para caracterizarlo dijo:
—Tenía un aire melancólico.
—Alto—dijo don Ramón—. ¿En qué fecha ocurrió eso?
—En mil ochocientos dieciséis.
—Absurdo.
—¿Absurdo por qué?
—Porque en mil ochocientos dieciséis la melancolía no existe todavía; la melancolía fue descubierta en mil ochocientos treinta y uno.
A un joven orgulloso le dijo: «Recójase usted el talento no vaya a pisárselo.»
Otro día llamó pedazo de bruto a un contertulio. El ofendido exclamó:
—Retire usted esas palabras.
—Retiro lo de pedazo.
Al pasar por un pueblo vio que estaban construyendo una gran tapia y preguntó qué fin tenía.
—Es para un cementerio —le dijeron.
—Me parece inútil.
Refiriendo una vez que entre las arañas era muy corriente la homofagia, le interrumpió uno preguntándole:
—¿Qué es eso de la homofagia?
Y don Ramón contestó:
—Es el hecho de comer animales de la misma especie. Usted, por ejemplo, sería homófago si comiera un besugo.
Hubo una época que adoptó el régimen vegetariano y comentaba:
—Observen ustedes cómo los seres que se alimentan de carne son propicios a enfurecerse de manera peligrosa. Por el contrario, ahí tienen ustedes el dulce cordero, que se alimenta de hierba.
—¿Y el toro, don Ramón? —preguntó alguien.
—Ah, el toro —respondió sin inmutarse—. El toro se alimenta de hierba seca, que es lo mismo que si comiera mojama.
A lo mejor alguien alababa a uno con exceso: ¡Qué ingenio tiene!
¡Qué grandes pensamientos! Y don Ramón, sonriendo, replica:
—Si, pero es una lástima que sea tan avaro. Se los guarda todos.
No perdona al lisonjero:
—En verdad, don Ramón, hay gente que tiene ojos y no ven y que tienen oídos y no oyen.
Y entonces replicó Valle:
—Lo que hace falta son gente que tenga lengua y que no hablen.
Al final de un banquete se levantó a hablar don Ramón, diciendo:
—El ideal de los intelectuales de España debe de ser la vida del gitano que está fuera de la ley y perseguido por la guardia civil.
En las últimas zonas de su vida recitaba el proverbio: «Mejor es estar sentado que de pie; mejor echado que sentado y mejor muerto que de ninguna otra manera.»
Y aquí terminan algunos de los recuerdos de mi amistad con mi llorado amigo don Ramón del Valle-Inclán.

SEBASTIAN MIRANDA
Avda. de la Moncloa, 18
MADRID

CUADERNOS HISPANOAMERICANOS. NÚM: 199-200.  HOMENAJE A RAMÓN DEL VALLE-INCLÁN. MADRID, JULIO-AGOSTO 1966.

Flores en Flickr

la flora por su nombre - View this group's most interesting photos on Flickriver