miércoles, 30 de mayo de 2018

Mi precio es demasiado elevado, pero supongo que usted me lo agradecería lo mismo si…

La chica pelirroja no le pedía nunca ningún consejo. Por otra parte, aceptaba sus visitas sin protesta y no apartaba jamás la vista de él. Averiguó que en aquella casa las comidas eran irregulares y caprichosas. Consistían principalmente en té, embutidos y galletas, como había sospechado desde el principio. Para empezar, las dos muchachas hacían sus compras en el mercado una vez a la semana, pero vivían con la ayuda de una asistenta, tan inciertamente como los cuervos jóvenes. Maisie gastaba la mayor parte de sus ingresos en modelos, y la otra chica gozaba de herramientas tan refinadas como bastos eran sus trabajos.
Armado con la experiencia tan costosamente adquirida en los muelles de Londres, Dick advirtió a Maisie que, a la larga, el régimen de semihambre implicaba la paralización de la facultad de trabajar, lo que era muchísimo peor que la muerte. Maisie hizo caso a la advertencia y prestó mayor atención a lo que comía y bebía. Cuando le volvía a inquietar su malestar, como le ocurría generalmente en los largos crepúsculos de invierno, el recuerdo de ese pequeño acto de autoridad doméstica, y de cómo, sin más armas que una escobilla, pudo sobreponerse a la recalcitrante chimenea de la sala, escocía a Dick como un latigazo.
Llegó a creer que este recuerdo sería el máximo de sus sufrimientos, hasta que un domingo la muchacha pelirroja anunció que iba a hacer un estudio de la cabeza de Dick, si quería tener la bondad de estarse quieto y —como una concesión a última hora— mirar a Maisie. Él se avino a posar, porque no podía hacer otra cosa, y por espacio de media hora meditó sobre todas las personas que en el pasado había utilizado él para fines profesionales. Se acordó más distintamente de Binat…, de que Binat había sido artista y hablaba de degradación.
El resultado fue un mero boceto, monocromo, hecho con amarga ironía, de una cabeza, pero dejaba ver la muda espera, la esclavización sin esperanza de un hombre.
—Lo compro —dijo Dick prontamente—, ¡al precio que usted pida!
—Mi precio es demasiado elevado, pero supongo que usted me lo agradecería lo mismo si…
El boceto, húmedo aún, salió de las manos de la autora y cayó sobre las cenizas de la estufa que había en el estudio. Cuando lo cogió, se había emborronado irremediablemente.

Rudyard Kipling
La luz que se apaga

martes, 29 de mayo de 2018

Ahí estaban los inicios tardíos de él, y su juventud malgastada

Después de que ella se marchara, de todos modos, el día en que acudió con Basil Dashwood, y aún más en una ocasión posterior, cuando él volvió a su labor después de acompañarla hasta el carruaje, la última oportunidad, por ese año, en que la vio… después de que ella se marchara, decíamos, se le ocurrió a Nick, pensando en la rauda apoteosis de ella, que había poderosas diferencias dentro de la famosa vida artística. Miriam ya se hallaba en el esplendor de una gloria que además no era probablemente sino una pálida chispita en comparación con la llamarada que se avecinaba; y mientras cerraba la puerta tras despedirla y cogía su paleta para limpiarla frotando con un trapo sucio, la pequeña habitación en que su propia batalla había de ser librada a efectos prácticos le pareció desconsoladamente fría y gris y mísera. Estaba solitaria, y sin embargo poblaba de sombras hostiles (así de espesas las vio él juntándose en los crepúsculos invernales venideros) las condiciones en comparación más sórdidas, las más prolongadas esperas, las menos inmediatas y menos personales satisfacciones. Ahí estaban los inicios tardíos de él, y su juventud malgastada, los errores que aún tendrían descendencia a imagen y semejanza, la reclusión sedentaria, el crudo anonimato, las explicaciones pobres, lo ridículo que ya preveía que sería pedirle a la gente que aguardara, y que aguardara aún más, y que volviera a aguardar, antes de poder ofrecerles una realización de esperanzas que, al menos al sentir de ellos, resultaría una decepción. Resultare lo que resultare, a él le importaba lo bastante como para sentir que su pertinacia podría ser objeto de comparaciones incluso con una fuerza productora como la de Miriam. Después de todo, en su estudio desnudo, la más consoladora de entre las tenues presencias, la que se mostraba más amistosa con él cuando se sentaba allí y que lo convertía en el lugar adecuado por más inadecuado que fuera, era la sensación de que era con la esencia de su labor con lo que él se había comprometido. Tal era asimismo el caso de Miriam, pero la diferencia, de la cual le mostraba ella haberse dado cuenta también, estribaba en el número de cosas que ella recibía como añadidura.
Me apresuro a añadir que nuestro joven tenía ratos en que no le parecía que la referida exquisita substancialidad requiriera en absoluto, para poseer un atractivo completo, de ninguna añadidura, juzgando que en su propio resplandor ya era un compendio de todas las posibles añadiduras y justificaciones. Ya he relatado que las grandes pinacotecas —la National Gallery y el British Museum— eran para él en ocasiones más bien una serie de superficies muertas; pero la pintura que he intentado hacer de él habrá sido fallida si no logra intimar que había otros días en que, mientras se paseaba por su interior, recogía a izquierda y a derecha perfectos ramilletes de restablecimientos de confianza. Inmerso como estaba en trabajar dentro de las corrientes contemporáneas, que le hablaban con un millar de voces, juzgaba preferible, durante largos períodos, no frecuentar a los antiguos maestros, cuyas condiciones tan distintas habían sido (posteriormente llegaría a decidir que no tenía gran importancia, especialmente si uno no servía); pero muy bien podía apartarse esporádicamente de este precepto, podía eventualmente sentir deseos en concreto de echarle un vistazo a uno de los grandes retratos del pasado. Éstas eran las obras que resultaban más inspiradoras, en el sentido de que eran las cosas que, mientras que generaciones, mientras que mundos enteros habían aparecido y desaparecido, daban más la sensación de perdurar y de dar testimonio. Mientras estaba de pie ante ellas, a veces la perfección de su supervivencia lo impresionaba hasta el punto de considerarla la elocuencia suprema, la razón que incluía a todas las demás, gracias al lenguaje del arte, el más rico y universal. Imperios e idearios y conquistas habían brotado sin cesar en el mundo y grandezas de toda suerte habían despuntado y se habían extinguido; pero la hermosura de los grandes retratos no había conocido en modo alguno la muerte o la desfiguración, y las eras no habían sino perfumado su lozanía. Los mismos rostros, las mismas figuras posaban la mirada sobre diferentes siglos, dueñas de muchos conocimientos que el siglo no poseía, y cuando unían sus fuerzas formaban el hilo indestructible en que se ensartaban las perlas de la Historia.

Henry James
La Musa Trágica



lunes, 28 de mayo de 2018

entre cafés y pitos, observaban la laguna

En seguida apareció la gemela con una bata larga y sin el impedimento de los bolsos de plástico y albornoces. Plinio pudo ver que llevaba una alianza.
—Bien, habrá que esperar. Si ha ocurrido lo peor… no tardará en flotar. Hay que estar a la mira.
María, de pronto, al oír aquello, empezó a llorar con gran parpadeo y alteración de pechos.
Durante toda la tarde hubo guardia montada en el ancho contorno de la laguna del Rey. Ya no cabía duda de que Ángela se había ahogado. Plinio y don Lotario, desde que acabaron de comer en casa de Negrillo, sentados en la terraza alta de Entrelagos, entre cafés y pitos, observaban la laguna, los teñidos crepusculares que ya sangraba poniente y las canoas cruzando las aguas. Entre las mesas del merendero, en hamacas o sobre colchonetas, algunos dormitaban, otros se echaban las cartas o escuchaban transistores. Y unas niñas jugaban al corro alrededor de una sombrilla.
Fue ya muy vencida la tarde. El sol caidón tintaba de garnachas las aguas lagunarias, y los montes se copiaban en ellas como ribetes sombríos, cuando un joven que hacía esquí acuático dio la voz de alarma. Sus esquís habían tropezado y arrollado el cuerpo emergente de Ángela. Una canoa llegó rápida donde, desde lejos, señalaban los esquiadores. Rápidamente Plinio y don Lotario zarparon en la de Rafael Negrillo, que estaba a mano por si algo ocurría.
Los de la canoa del esquiador habían atrapado el cuerpo de la ahogada sujetándole por las axilas. Nadie podía imaginarse de dónde habían salido de pronto tantas barcas, canoas y bañistas como rodeaban el cuerpo de la gemela.
El pelo mezclado con ova le cubría la cara, y en la parte de vientre que le dejaba descubierto el bikini se apreciaban mordeduras de los peces. La boca se le había quedado abierta y enseñando mucho los dientes blanquísimos.
Plinio ordenó que cargaran el cuerpo en la canoa de los esquiadores y lo llevasen a Entrelagos.

Francisco García Pavón
El último sábado
Plinio - 10

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