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miércoles, 11 de abril de 2018

—¿Entonces estás en gracia…?

—¿Habéis confesado y comulgado? —nos preguntó.
Contestamos que sí y estuvo un rato mirándonos.
Clavándome los ojos me dio un golpecito en la mejilla y exclamó:
—¿Entonces estás en gracia…?
Se le saltaron las lágrimas y se alejó sin añadir palabra, volviendo despacio a sus rezos. Tras de esa efusión no me adherí más que antes a la persona del fraile, pero me aficioné a su templanza que me aliviaba del peso de lo irremediable y del espanto. Si hasta allí había buscado en vano la reparación descomunal que me restituyese la paz, comencé a gustarla en percibiendo que nada se restituye ni se restaura. Hice buenas migas con esta miseria: soslayar la tormenta en vez de arrostrarla, irme por caminos de travesía, acomodarme con deformidades morales apartadas de la rectitud absoluta en que consiste el deber. La etapa en que iba entrando me parecía un fraude, dadas mis fuerzas, bastantes para más; y una fuga, pues desoía las voces de lo alto. Arrollé esos reproches. Estaba rendido. Quise descansar en una paz de esclavo. Paz sin gloria, de esperanzas humildes, profundamente afligida. Aún zumbaba la resaca de mi conversión precoz.
Llegaba la declinación de una borrasca sentimental, punto gustoso: el ánimo al recobrar la serenidad se mira en la zozobra que va huyendo y en la paz que apenas llega y tasa con más juicio el propio valer, los vaivenes pasados. El hombre que exprime ese zumo de la madurez se alegra en su sosiego apacible; se alegra con moderación porque ha aumentado su sabiduría. Con calma podía yo mirar el espantable alboroto de mi conversión; pero mi madurez era sin humorismo. El lastre de las creencias pesaba demasiado. Mi pasión podía haber sido fuego fatuo, viento, nada. Mas no quedé libre al volver al suelo. Esta aventura no se ganó como la del Clavileño con sólo intentarla. Proseguiría hasta el fin, pero el fin, ¿dónde estaba?

El Jardín de los frailes
Manuel Azaña, 1927


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